
Hay momentos en la política en los que una candidatura no necesita ser pronunciada para comenzar a existir. Alcanza con una multitud, una estructura que se extiende más allá de un territorio, dirigentes que llegan desde distintos puntos del país y, sobre todo, una frase cuidadosamente elegida.
En Avellaneda, Axel Kicillof hizo exactamente eso.
No dijo que era candidato. No necesitaba decirlo.
Cuando ante una multitud convocada por el Movimiento Derecho al Futuro afirmó: “Cuenten conmigo para que el año que viene la Argentina tenga una alternativa”, el mensaje dejó de ser solamente bonaerense. Y cuando habló de construir “de abajo para arriba”, de organizar en todos los rincones de la República y de no interesarle una construcción “a control remoto”, la discusión dejó de ser exclusivamente programática para convertirse en una disputa por el liderazgo del peronismo.
Avellaneda fue, en ese sentido, mucho más que el escenario de un plenario.
Fue la demostración de que Kicillof decidió ocupar un lugar que durante años parecía reservado a otros.
En el universo kirchnerista, emanciparse de Cristina tiene un costo político evidente.
Kicillof lo sabe.
Durante años fue uno de los dirigentes más identificados con el universo político de Cristina Kirchner. Llegó a la gobernación de la mano de esa construcción y durante mucho tiempo su nombre fue leído como parte de ese esquema. Pero la política tiene una regla elemental: quien pretende conducir debe, tarde o temprano, construir una autoridad que no dependa exclusivamente de quien lo precedió.
Ahí está la verdadera ruptura.
Para sus adversarios internos, Kicillof pasó de ser el heredero posible a convertirse en un dirigente que pretende disputar la conducción. Y en una cultura política donde la lealtad suele confundirse con obediencia, esa decisión puede ser interpretada como una traición.
Pero hay otra manera de leerla.
Puede ser, simplemente, la maduración de un dirigente que decidió asumir el riesgo de conducir.
Cristina alguna vez popularizó dentro del peronismo la idea del “bastón de mariscal”: que cada dirigente debía atreverse a construir su propio liderazgo. El problema histórico fue que, cuando alguno efectivamente intentaba hacerlo, aparecía el límite de la conducción centralizada.
Kicillof parece haber decidido tomar literalmente aquella consigna.
Y eso explica buena parte de la tensión actual.
La frase más importante de Avellaneda quizás no haya sido la que sonó más fuerte.
Fue aquella que planteó que una nueva mayoría no podía surgir de una negociación secreta entre dirigentes, sino que debía construirse “desde abajo, a la luz del día y de cara a la sociedad”.
Hay allí una definición política de enorme importancia.
Kicillof está intentando cambiar la lógica tradicional del armado peronista. En lugar de esperar que la mesa de los grandes dirigentes determine quién puede jugar, pretende que la acumulación territorial, provincial y sectorial termine produciendo el liderazgo.
Por eso recorrió provincias. Por eso su espacio intenta organizarse fuera de Buenos Aires. Por eso el encuentro de Avellaneda tuvo una dimensión federal y reunió representantes de distintos distritos. El propio gobernador enumeró sus recorridas por Tierra del Fuego, Chaco, Corrientes, La Pampa, Córdoba y Misiones como parte de esa construcción.
No es un detalle.
Un dirigente bonaerense que pretende disputar la Presidencia tiene un problema estructural: Buenos Aires puede ser condición necesaria, pero difícilmente sea suficiente.
Y Kicillof parece haber entendido esa ecuación.
Jorge Asís llamó durante años a Buenos Aires “la provincia inviable”, una definición provocadora pero útil para comprender la dimensión del desafío. En una entrevista ya señalaba las dificultades estructurales del territorio bonaerense y describía a Kicillof como un dirigente con iniciativa.
Gobernar Buenos Aires no es gobernar cualquier distrito.
Es administrar el territorio más poblado del país, con enormes desigualdades sociales, problemas históricos de infraestructura y una demanda permanente sobre seguridad, educación, salud y servicios.
Y aquí conviene evitar cualquier simplificación.
El argumento de la asfixia financiera nacional explica una parte importante de las dificultades bonaerenses, pero no puede convertirse en una explicación universal de todos los problemas de la provincia.
La seguridad continúa siendo una materia pendiente. La educación enfrenta dificultades estructurales. La salud pública soporta una demanda enorme. Hay municipios con realidades muy diferentes y problemas que exceden largamente la relación financiera con la Nación.
Pero también es cierto que Kicillof ha gobernado la provincia en un contexto de fuerte disputa con el Gobierno nacional y ha convertido esa tensión en uno de los ejes de su discurso político.
Esa experiencia será inevitablemente parte del examen nacional de su eventual proyecto.
Porque quien aspire a la Casa Rosada tendrá que responder una pregunta sencilla y brutal: ¿qué hizo con el poder que ya tuvo?
Es aquí donde aparece una expresión que merece una discusión aparte.
La “gran esperanza blanca” del peronismo.
No porque Kicillof tenga garantizado ningún destino electoral —eso sería convertir una construcción política todavía abierta en una certeza que no existe— sino porque, por primera vez en mucho tiempo, aparece un dirigente peronista dispuesto a disputar el futuro sin esperar que el pasado le entregue el permiso.
La metáfora tiene además una segunda lectura.
Kicillof no es exactamente el peronista tradicional. Su origen político está en otro lugar. Su formación es económica y académica. Su llegada al poder estuvo estrechamente vinculada al kirchnerismo. Pero ahora intenta construir una identidad propia, apoyándose en el peronismo sin quedar encerrado dentro del kirchnerismo.
Ese equilibrio será probablemente su desafío más complejo.
Porque para convertirse en una alternativa nacional deberá conservar una parte del electorado que se reconoce en la tradición kirchnerista, pero al mismo tiempo ampliar su representación hacia sectores que no necesariamente quieren reproducir esa experiencia.
Y para eso necesita algo más que una buena interna.
Necesita una propuesta.
Kicillof parece haber comprendido también otro problema.
La sociedad no necesariamente está esperando solamente a alguien que termine con Milei.
Puede estar esperando que alguien explique qué viene después.
Por eso fue significativa otra de sus frases en Avellaneda: no convocó únicamente a organizarse para derrotar al Gobierno, sino a “empezar una historia nueva, distinta y mejor”.
Ahí está la diferencia entre una candidatura construida sobre el rechazo y un proyecto construido sobre una expectativa.
El peronismo ya sabe lo que significa competir exclusivamente contra alguien.
Ahora necesita explicar para qué quiere volver a gobernar.
Kicillof tiene una oportunidad para hacerlo.
Su discurso de diálogo, federalismo, producción, trabajo, educación, salud y reconstrucción institucional apunta en esa dirección. Pero todavía deberá transformar esas palabras en un programa concreto y, sobre todo, demostrar que puede representar algo más amplio que la resistencia al gobierno de Javier Milei.
La verdadera incógnita del peronismo no es solamente quién será candidato en 2027.
Es quién tendrá capacidad para ordenar al movimiento después de Cristina.
Y ahí está el significado profundo de Avellaneda.
Kicillof no anunció formalmente una candidatura. Pero hizo algo políticamente más importante: mostró que está dispuesto a construir una estructura propia, federal y territorial para disputar el futuro.
Eso explica las resistencias.
Eso explica las acusaciones de traición.
Y eso explica también por qué su nombre empieza a ser inevitable en cualquier conversación sobre el futuro del peronismo.
Durante años el peronismo esperó que alguien tomara el bastón de mariscal.
Ahora uno de los que lo recibió decidió caminar con él.
La historia dirá si ese bastón alcanza para llegar hasta Balcarce 50.
Por ahora, lo que puede afirmarse es algo más sencillo: Axel Kicillof dejó de esperar que le indiquen cuándo podía empezar a construir.
Y en política, a veces, ese es exactamente el momento en que una candidatura comienza.