
En la televisión política argentina hay operaciones burdas y hay construcciones sofisticadas. Lo que ocurrió anoche en La Nación+ parece inscribirse en la segunda categoría.
Se intentó presentar como escándalo un dato que, en rigor, no resiste ese encuadre: los 9 millones de pesos anuales que Axel Kicillof declara percibir por el alquiler de una propiedad en la Ciudad de Buenos Aires. El número es correcto, figura en su declaración jurada y no implica ninguna irregularidad. Traducido a valores mensuales, se trata de unos $750.000, una cifra que, lejos de ser exorbitante, se ubica incluso por debajo del promedio actual para un departamento de dos ambientes en CABA.
Ahí aparece el primer problema narrativo. Cuando el dato se desmenuza, pierde potencia como denuncia. Y cuando la audiencia hace ese ejercicio —cada vez más frecuente— el efecto puede invertirse: el dirigente no queda asociado a la corrupción, sino a una situación patrimonial relativamente austera dentro del universo político. En un contexto donde la sospecha es la regla, no quedar bajo ese paraguas es, en sí mismo, un activo.
Por eso lo de anoche no encaja del todo en la lógica tradicional del golpe mediático. No fue un ataque frontal, sino algo más elaborado: una instalación.
Desde la llegada de Nicolás Bocache a la conducción del canal, La Nación+ empezó a mostrar un cambio de estilo. Menos estridente, más quirúrgico. Ya no se trata únicamente de erosionar figuras, sino de intervenir en el posicionamiento de los actores políticos. Elegir el blanco, pero también el encuadre.
En ese sentido, el caso Kicillof resulta ilustrativo. Se lo pone en agenda nacional, se lo somete a escrutinio, pero dentro de un marco que no lo destruye. Al contrario: lo ubica en una categoría particular, la del dirigente discutible, criticable, pero no fácilmente asociable a hechos de corrupción directa. En la Argentina de hoy, esa diferenciación vale más que cualquier spot de campaña.
El contraste implícito con otras figuras —como voceros o funcionarios del actual gobierno— tampoco parece casual. Cuando la comparación no favorece al oficialismo, el supuesto ataque empieza a funcionar como un mecanismo de contraste político.
Detrás de esta lógica aparece un tablero más amplio. Mauricio Macri volvió a moverse con proyección 2027. No necesariamente con la ambición de ganar, sino con la decisión de jugar. Intervenir en la conversación pública, incidir en el electorado que hoy contiene Javier Milei y, en ese proceso, generar fisuras.
La reciente reunión con Paolo Rocca va en esa dirección. No implica una ruptura del establishment empresario con el gobierno, pero sí deja entrever matices, incomodidades, dudas. Señales, en definitiva.
En ese contexto, la televisión —y en particular algunos segmentos del prime time político— deja de ser un simple espacio de amplificación y pasa a ser una herramienta de ingeniería narrativa. No todo lo que parece un ataque lo es. A veces, es exactamente lo contrario.
Y ahí es donde la escena mediática empieza a jugar un partido más complejo que el que se ve en la superficie.