
Durante gran parte del siglo XX, la Argentina construyó una identidad singular en América Latina. No solo por su movilidad social ascendente o por la fortaleza de su clase media, sino también por algo más profundo: la cultura ocupaba un lugar central en la vida cotidiana. El trabajador argentino promedio podía no ser rico, pero aspiraba a que sus hijos estudiaran, leyeran, aprendieran música, fueran al cine, discutieran política o tuvieran una biblioteca en su casa. Había una idea muy arraigada de que el progreso económico y el progreso cultural iban de la mano.
En la Argentina del ascenso social, incluso las familias humildes hacían esfuerzos enormes para sostener la educación de sus hijos. Se recortaba en otras cosas antes que en libros, útiles escolares o formación. La escuela pública no era vista como un depósito de pobres, sino como un espacio igualador donde convivían hijos de obreros, comerciantes y profesionales. La educación pública argentina fue durante décadas uno de los pilares de cohesión nacional más importantes del país.
Quizás, como la mayoría de los males, empezó en la dictadura de 1976, por la censura impuesta sobre cientos de manifestaciones artísticas como libros, películas o canciones, en el empobrecimiento general del país, en un jerarca militar diciendo que los jóvenes eran peligrosos porque tenían exceso de pensamiento. En la primavera democrática a fines de 1983 se vivió experiencias fantásticas de la cultura, pero no todo fue color de rosa, el alfonsinismo prohibió periodistas y censuró voces, pero si bien fue un desastre económico, hay que admitir que el haber cultural pesó más que el debe, no reconocerlo sería deshonesto intelectualmente.
Los 80 también tenían sus discusiones culturales, sobre todo con el tema del humor, donde reinaban Jorge Porcel y Alberto Olmedo, con programas televisivos que batían records de audiencia. Todo pasaba por si era contenido chabacano, burdo y había otro contenido más intelectual, la eterna diferencia entre la cultura de las masas y la cultura de nichos más pequeños e intelectuales. La realidad es que la cultura de las masas tenía contenido, mostraba personajes identificables, con un lenguaje correcto, incluso con el famoso lunfardo y la picaresca mostraba los cuerpos tras años de censura. Analizado hoy, seguramente pueda ser cruzado por una horda fanática del feminismo donde seguramente me señalen la cosificación de las mujeres. La respuesta a eso, la TV hasta 2013/14 lo siguió haciendo en un gobierno al que ahora por lo general suscriben la mayoría de ellas. Quizás les dolerá reconocer que la corriente masiva de feminismo no nació en Argentina sino que es foránea y la moda llegó en pleno gobierno de Macri, que también tuvo su ola de mujeres feministas.
Ese modelo empezó a resquebrajarse lentamente, pero tuvo un punto de quiebre decisivo en la década del noventa. La llamada Ley Federal de Educación significó mucho más que una reforma administrativa: fue el comienzo de la fragmentación del sistema educativo argentino. El traspaso de responsabilidades a provincias desiguales económica y estructuralmente produjo una degradación progresiva de la calidad educativa. La escuela pública comenzó a perder homogeneidad y excelencia. El deterioro edilicio, la pérdida de contenidos y la caída del nivel académico fueron expulsando lentamente a las clases medias hacia la educación privada.
La consecuencia fue devastadora para la identidad argentina: la escuela pública dejó de ser un espacio integrador. Allí comenzó a romperse uno de los grandes consensos nacionales del siglo XX.
Pero los noventa no solo modificaron la educación. También alteraron profundamente la escala de valores culturales. La famosa cultura de la “pizza con champagne” promovió una estética del derroche, del lujo ostentoso y del éxito rápido. El mérito dejó de asociarse al esfuerzo intelectual y comenzó a vincularse al dinero visible, al consumo exhibicionista y a la superficialidad aspiracional. El decoro, la sobriedad y cierta tradición argentina de prestigiar el conocimiento empezaron a verse como algo anticuado.
Sin embargo, incluso en ese contexto surgieron resistencias culturales genuinas. El rock barrial expresó el malestar social de una generación golpeada por la desocupación, la precarización y el vaciamiento identitario. Muchas bandas retrataron la angustia de los barrios populares, la frustración juvenil y la pérdida de horizontes colectivos. El cine argentino también estuvo a la altura de esa resistencia. Películas de los noventa y principios de los 2000 mostraron la fractura social, la corrupción y el derrumbe moral de una época que había naturalizado la exclusión.
Pero la crisis del 2001 abrió otra etapa aún más compleja. La marginalidad dejó de ser una anomalía para convertirse en un fenómeno masivo y culturalmente visible. Allí emergió una corriente cultural que, más que denunciar la exclusión, comenzó a romantizarla o estetizarla. La cumbia villera fue quizás la expresión más evidente de ese fenómeno: letras que hacían apología de la delincuencia, del consumo de drogas, de la violencia o de una misoginia explícita se transformaron en un consumo cultural masivo. Quizás el grupo más icónico haya sido “pibes chorros”, ya su nombre lo dice todo. También un fenómeno duradero hasta hoy nació ahí, “damas gratis”, que al principio fue propagador de esa cultura y con el tiempo buscó adaptarse.
Pero el problema no fue únicamente musical. Toda sociedad tiene expresiones marginales o contraculturales. El problema fue la naturalización de esa marginalidad como identidad dominante de sectores cada vez más amplios de la sociedad. Mientras las villas miserias crecían exponencialmente y la pobreza estructural se consolidaba, también avanzaba una “latinoamericanización” cultural de la Argentina: la resignación frente al deterioro social, la aceptación de la precariedad y la pérdida de ciertas aspiraciones históricas vinculadas al conocimiento, el trabajo y la movilidad social.
El mensaje empezó a cambiar. Ya no importaba saber, formarse o instruirse. Lo único importante parecía ser ganar dinero, aunque fuera rápido y sin esfuerzo. Y cuando las familias tuvieron que ajustar gastos, muchas veces los primeros recortes fueron justamente los consumos culturales: libros, teatro, cine, formación artística o incluso tiempo dedicado al estudio.
Lo más grave quizás no fue la pérdida material, sino el cambio simbólico. Generaciones enteras crecieron escuchando que estudiar “no sirve para nada”, que saber capitales del mundo, historia o literatura era inútil porque “no da de comer”. Esa frase encierra una tragedia cultural enorme. Porque una sociedad que desprecia el conocimiento termina debilitando su propia capacidad de desarrollo.
La Argentina tuvo durante décadas una cultura profundamente humanista. La escuela enseñaba matemáticas, geografía, literatura, historia, música, formación cívica y pensamiento crítico. No porque cada contenido tuviera una utilidad económica inmediata, sino porque el objetivo era formar ciudadanos completos. El saber no era solo una herramienta laboral: era un instrumento de libertad.
Cuando una sociedad deja de valorar el pensamiento complejo, se vuelve más manipulable. Una persona formada, con capacidad crítica y cultura general, es más difícil de engañar políticamente, comercialmente o ideológicamente. Por eso la degradación cultural nunca es inocente: sociedades menos educadas son sociedades más vulnerables.
También es cierto que en las últimas décadas la educación cayó muchas veces en debates ideologizados que fragmentaron consensos históricos argentinos. En lugar de fortalecer conocimientos básicos, excelencia académica y cohesión nacional, muchas veces se priorizaron disputas políticas o enfoques pedagógicos que terminaron debilitando aún más la autoridad del conocimiento. La escuela dejó de transmitir certezas culturales compartidas y empezó a perder legitimidad frente a alumnos y familias.
La crisis cultural argentina no puede explicarse por una sola causa. Hay factores económicos evidentes: décadas de inflación, pobreza y deterioro salarial golpearon inevitablemente el acceso a la cultura. Cuando una familia lucha por sobrevivir, el consumo cultural se vuelve un lujo. Pero también hubo una crisis de valores y aspiraciones. La sociedad dejó de admirar al maestro, al lector, al profesional culto o al intelectual preparado, y comenzó a admirar muchas veces al exitoso rápido, al famoso instantáneo o al millonario ostentoso.
La revolución digital agravó parte de este proceso. Las redes sociales aceleraron la fragmentación cultural, redujeron los tiempos de atención y reemplazaron muchas veces la profundidad por el impacto inmediato. La cultura del esfuerzo intelectual perdió terreno frente a la lógica del entretenimiento permanente y la gratificación instantánea.
Sin embargo, el problema argentino tiene una particularidad más profunda: el país perdió confianza en sí mismo. Durante décadas la Argentina se pensó como una nación moderna, educada y culturalmente sofisticada. Cuando ese relato se quebró por las sucesivas crisis económicas y políticas, también se debilitó la voluntad colectiva de sostener estándares culturales altos.
Reconstruir ese capital cultural demandará mucho más que presupuesto educativo. Requerirá volver a prestigiar el conocimiento, recuperar la autoridad de la escuela, defender la cultura del trabajo y reconstruir una idea de progreso asociada al mérito y la formación. Ningún país se desarrolla despreciando el saber. Y ninguna sociedad puede aspirar a ser libre si renuncia a pensar.