
La interna libertaria dejó de ser un murmullo de pasillos para convertirse en una disputa abierta por el control del poder real. En el centro de la escena aparecen dos figuras que, hasta hace poco, convivían bajo una lógica de complementariedad: Karina Milei y Santiago Caputo. Hoy, ese equilibrio está roto.
Las tensiones de la última semana no hicieron más que confirmar lo que en el oficialismo muchos ya daban por hecho: Karina decidió avanzar sin concesiones y su objetivo es desplazar a Caputo del círculo de influencia más cercano al presidente. La acumulación de episodios —la denuncia impulsada por Sebastián Pareja contra tuiteros libertarios, la escalada en redes entre Daniel Parisini y Lilia Lemoine— no son hechos aislados, sino síntomas de una fractura más profunda.
Dos modelos de poder
Lo que está en juego no es solo una pelea de nombres, sino dos formas de construir poder. Caputo representa una lógica más moderna, apoyada en la comunicación digital, la épica militante y la construcción simbólica que supo sintetizar en “Las Fuerzas del Cielo”. Es, en gran medida, el arquitecto del relato que le permitió a Javier Milei llegar al poder.
Karina, en cambio, expresa una construcción más clásica: control férreo, territorialidad, disciplina y lealtades verticales. En ese esquema, figuras como Pareja —cuestionado por sectores juveniles— cumplen un rol clave: son los que “ponen el cuerpo” en distritos complejos, con estructuras muchas veces heredadas del peronismo, donde la épica libertaria sola no alcanza.
Ahí aparece uno de los nudos del conflicto: la militancia joven, más ideologizada y digital, se referencia mayoritariamente en el caputismo y mira con desconfianza a los armadores territoriales. Para ellos, Pareja representa todo lo que vinieron a combatir. Pero para Karina, son una herramienta indispensable.
La guerra interna escala
La pelea dejó de ser silenciosa. La ofensiva contra los tuiteros libertarios, impulsada desde el entorno de Pareja, fue leída por el caputismo como un intento directo de disciplinar —o directamente desarticular— a su base militante.
En paralelo, el enfrentamiento entre el “Gordo Dan” y Lemoine expuso crudamente la grieta interna: de un lado, el universo digital que construyó identidad y volumen político; del otro, el aparato que busca ordenar, filtrar y, si es necesario, purgar.
En ese contexto, Caputo juega una carta delicada: sostiene a Manuel Adorni. No solo por afinidad personal, sino por cálculo político. Sabe que Adorni es una pieza clave en la comunicación del Gobierno y, al mismo tiempo, intuye que si Karina necesita entregar un nombre para consolidar poder, el vocero podría ser uno de los primeros en la lista. Defenderlo es, en el fondo, defender su propio territorio.
Los Menem y la caja del poder
El avance de Karina no es en soledad. Se apalanca en un esquema donde los primos Martín Menem y Lule Menem aparecen como aliados estratégicos. Con experiencia en la lógica del poder real, aportan lo que al mileísmo le faltaba: rosca, manejo institucional y, sobre todo, vocación de control.
El objetivo es claro: avanzar sobre áreas sensibles como la SIDE y terminar de desplazar los últimos resabios del caputismo dentro del Estado. Es una disputa por la inteligencia, la información y la caja política. En otras palabras, por el poder de verdad.
Una militancia descolocada
En el medio de esta guerra, la militancia libertaria —especialmente la más joven— queda desorientada. Muchos de ellos construyeron su identidad política en torno a Caputo y su narrativa. Se sienten parte de algo más épico que una estructura partidaria tradicional.
Pero ahora ven cómo ese universo es cuestionado desde adentro, mientras figuras como Pareja ganan centralidad. La tensión no es menor: sin esa militancia, el oficialismo pierde capacidad de movilización y de instalación en la agenda digital, uno de sus principales activos.
¿Todo el poder para Karina?
La gran incógnita es qué pasará si Karina logra su objetivo y concentra el poder junto a los Menem. ¿Podrá replicar el éxito estratégico que la llevó a diseñar el camino electoral de 2023 y proyectar 2025? ¿O esta vez se encontrará con un límite más duro?
Porque hay un factor que ninguna interna puede controlar: la economía. Y hoy, lejos de estabilizarse, cruje. La caída del consumo, la recesión y el malestar social empiezan a marcar el pulso de la calle.
En ese contexto, la disputa interna puede volverse un lujo peligroso. Si el Gobierno pierde cohesión mientras la situación económica empeora, el costo político puede ser alto.
Karina avanza convencida de que el control total es la única garantía de supervivencia. Caputo resiste sabiendo que sin su arquitectura simbólica el proyecto pierde identidad.
Entre ambos, el Gobierno juega una partida decisiva. Y esta vez, a diferencia del pasado, no alcanza solo con estrategia: la realidad económica empieza a imponer sus propias reglas.