
Si durante los primeros años del gobierno Javier Milei fue la cara de la batalla cultural, hoy es su hermana Karina quien se convirtió en la principal arquitecta del poder político. La secretaria general de la Presidencia ya no sólo administra la intimidad del Presidente: conduce el partido, ordena la estrategia electoral y define hasta dónde negociar y hasta dónde resistir. El inminente acuerdo entre La Libertad Avanza y el PRO en la Ciudad de Buenos Aires vuelve a demostrar que la lapicera política cambió definitivamente de manos.
La condición que los libertarios pusieron sobre la mesa es clara: antes de hablar de un entendimiento electoral, el macrismo deberá resolver su propia interna. En la Casa Rosada entienden que resulta imposible negociar con un espacio dividido entre las distintas referencias de la familia Macri y que cualquier acuerdo necesita un interlocutor con capacidad real de cumplir lo pactado.
No es una exigencia menor. En realidad, es una demostración de fuerza. Hace apenas unos años era el PRO el que establecía las condiciones para cualquier alianza del espacio de centroderecha. Hoy los roles parecen invertidos. La Libertad Avanza siente que posee la marca electoral más competitiva, el liderazgo presidencial y la centralidad política, mientras que el PRO necesita más al oficialismo que el oficialismo al PRO.
Esa lógica lleva la firma de Karina Milei. Su estrategia nunca consistió en absorber dirigentes individuales, sino en preservar la identidad libertaria como un activo político. La experiencia de 2025 fortaleció esa convicción: allí donde hubo acuerdos, éstos se realizaron bajo el sello de La Libertad Avanza, con predominio libertario en el armado y con un reparto de lugares claramente favorable al oficialismo. Para el karinismo, ceder demasiado significa correr el riesgo de diluir una identidad política que todavía está en plena construcción.
La Ciudad de Buenos Aires aparece así como un laboratorio de lo que podría ocurrir en la provincia de Buenos Aires. El objetivo estratégico es prácticamente el mismo: construir un frente amplio del electorado no peronista, pero manteniendo la conducción política y electoral en manos de La Libertad Avanza. Ese esquema ya fue conversado durante distintos encuentros entre dirigentes libertarios y referentes del PRO bonaerense en los últimos meses.
Sin embargo, la provincia presenta una complejidad mucho mayor que la Capital. Allí el PRO conserva intendentes, estructura territorial, legisladores y una capacidad de movilización que todavía resulta difícil de reemplazar. Por eso, aunque la intención inicial de Karina Milei sea replicar el modelo de 2025 —marca libertaria, liderazgo libertario y mayoría libertaria en las listas—, en su entorno saben que la política rara vez admite fórmulas inalterables.
La negociación dependerá, en buena medida, del contexto en el que llegue el Gobierno al cierre de listas. Si la administración nacional mantiene niveles competitivos de aprobación y la economía continúa mostrando señales de estabilidad, la capacidad de imponer condiciones será mucho mayor. Pero si aparecen desgastes políticos, dificultades económicas o conflictos internos, el margen para exigir una subordinación total del PRO comenzará a reducirse.
Del otro lado también existe una carta de presión. El PRO sabe que, aunque debilitado, conserva dirigentes con peso territorial, especialmente en la provincia de Buenos Aires. La amenaza de competir por separado no necesariamente implica que vaya a concretarse, pero sí constituye una herramienta de negociación para reclamar una distribución más equilibrada de candidaturas y espacios de poder. Nadie ignora que una fractura del voto opositor al peronismo podría terminar beneficiando al oficialismo bonaerense.
Karina Milei enfrenta entonces un delicado equilibrio. Su fortaleza política radica precisamente en haber construido una organización donde las decisiones se concentran en una conducción clara y vertical. Esa centralización permitió ordenar un espacio que hace apenas tres años era una suma de dirigentes dispersos. Pero las coaliciones amplias exigen una dosis de flexibilidad que muchas veces entra en tensión con esa lógica de conducción.
La política argentina ofrece numerosos ejemplos de alianzas que fracasaron por exceso de imposición o por exceso de concesiones. El desafío para Karina Milei será encontrar ese punto intermedio donde La Libertad Avanza conserve la iniciativa sin romper los puentes con quienes todavía pueden aportar volumen territorial y fiscalización.
En definitiva, la discusión ya no pasa solamente por cuántos lugares ocupará cada partido en una lista. Lo que verdaderamente está en juego es quién conducirá el espacio político que buscará consolidarse como alternativa de poder durante la próxima década. Y, al menos por ahora, Karina Milei parece decidida a que esa respuesta tenga un único nombre: La Libertad Avanza.