
La interna libertaria suma un nuevo capítulo y esta vez el protagonista no es una pelea pública, sino algo bastante más importante: el poder de decidir qué reformas llegan al Congreso y en qué condiciones.
Después del revés que sufrió el Gobierno en el Senado con la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, Karina Milei decidió que los proyectos impulsados por el Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado, a cargo de Federico Sturzenegger, deberán pasar previamente por el filtro de la mesa política de la Casa Rosada.
La decisión marca un cambio significativo en el funcionamiento del Gobierno. Hasta ahora, Sturzenegger había gozado de un amplio margen para diseñar y promover su agenda de reformas, una de las banderas centrales del programa económico y político de Javier Milei.
Pero los últimos tropiezos legislativos parecen haber encendido una luz amarilla.
Según trascendió, la mesa política comenzará a analizar los proyectos antes de que sean enviados al Congreso, con especial atención sobre aquellos provenientes del Ministerio de Desregulación, justamente porque suelen generar resistencia política y social.
La señal es clara: Sturzenegger podrá seguir diseñando la agenda, pero ya no necesariamente tendrá la última palabra sobre cuándo y cómo se presenta.
En la Casa Rosada reconocen que el Gobierno tuvo problemas con la comunicación y con los tiempos políticos de algunas de sus iniciativas.
El caso de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada fue particularmente revelador.
El proyecto necesitó varios intentos para avanzar en el Senado y finalmente obtuvo media sanción después de que fueran eliminados dos capítulos particularmente sensibles: el referido a la extranjerización de tierras y el vinculado al manejo de suelos afectados por incendios.
El resultado fue leído dentro del oficialismo como una señal de que el proyecto original había sido “muy ambicioso”.
La estrategia ahora parece ser diferente: menos proyectos al mismo tiempo, mayor negociación previa, mejor explicación pública y, sobre todo, evitar que una iniciativa llegue al recinto sin tener garantizados los votos necesarios.
La mesa política tendrá precisamente esa tarea.
“Depurar” lo que viene de Desregulación, según la definición de un funcionario citada por Noticias Argentinas.
En otras palabras: la motosierra seguirá funcionando, pero ahora tendrá supervisor político.
La decisión no significa, al menos por ahora, un desplazamiento de Sturzenegger.
Por el contrario, el ministro continúa siendo uno de los funcionarios más valorados por Javier Milei y mantiene contacto directo con el Presidente.
Su cartera, además, exhibe una producción normativa considerable.
Según los datos oficiales del propio Ministerio de Desregulación, hasta junio de 2026 el Gobierno acumulaba 689 normas de desregulación, 2.699 normativas modificadas o eliminadas y 16.178 artículos modificados o eliminados.
Es decir que la tarea de Sturzenegger no es marginal dentro del Gobierno: constituye una de las columnas vertebrales de la transformación que Milei pretende llevar adelante.
Y justamente por eso el problema político adquiere mayor dimensión.
No se trata de abandonar la agenda.
Se trata de conseguir que esa agenda pueda atravesar el Congreso.
El Gobierno viene avanzando durante 2026 con reformas sectoriales que buscan reducir regulaciones y ampliar la competencia.
Uno de los ejemplos más recientes fue la modificación del sistema de Revisión Técnica Obligatoria, con la apertura permanente del registro de talleres y la simplificación de los requisitos para incorporar nuevos prestadores. El Ejecutivo sostiene que el objetivo es aumentar la competencia, ampliar la oferta y reducir costos para los usuarios.
También se modificaron normas del sector minero para simplificar trámites y actualizar un régimen que llevaba décadas vigente.
En la actividad frigorífica se eliminó, además, el histórico libro físico de movimientos de carne, vigente desde 1982, reemplazándolo por la integración de esa información en sistemas digitales.
Por lo tanto, la agenda de Sturzenegger no está paralizada.
Lo que cambia es la forma de llevarla al terreno político.
El problema para la Casa Rosada es que la lista de reformas que prepara Sturzenegger no es precisamente pequeña.
En las últimas semanas trascendió la preparación de un nuevo paquete de más de 300 artículos, con modificaciones que alcanzarían sectores tan diversos como farmacias, actividad inmobiliaria, venta de libros, gas y otras actividades económicas.
El proyecto de desregulación del sector editorial ya generó una fuerte reacción entre editores, libreros y autores. Entre otras cuestiones, plantea eliminar el régimen de precio uniforme del libro y avanzar sobre el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura.
Es exactamente el tipo de iniciativa que ahora deberá atravesar un filtro político antes de convertirse en proyecto oficial.
Porque una cosa es modificar una regulación técnica.
Otra muy distinta es tocar normas con fuerte impacto cultural, económico o social.
Ahí es donde el Gobierno aprendió, a fuerza de derrotas, que tener razón en términos ideológicos no alcanza para conseguir 37 votos en el Senado.
La decisión también refuerza el rol de Karina Milei como verdadera administradora del poder político del Gobierno.
La secretaria general de la Presidencia no se limita a la organización interna de la Casa Rosada. Su influencia sobre los armados políticos, la estrategia electoral y ahora también sobre el tratamiento legislativo de las reformas muestra que su papel es cada vez más central.
La mesa política que encabeza funcionará como una suerte de filtro previo.
Primero se analiza.
Después se comunica.
Luego se mide el respaldo.
Y recién entonces se decide cuándo enviar el proyecto.
La idea es evitar que el Gobierno vuelva a quedar atrapado en el Congreso defendiendo iniciativas que todavía no tienen consenso suficiente.
Además, según la información conocida, el Ejecutivo pretende realizar presentaciones públicas de los proyectos antes de fijar las fechas de tratamiento, con el objetivo de anticipar dudas y reducir resistencias.
Es una modificación importante respecto del estilo de los primeros años del Gobierno.
La realidad política de 2026 está obligando al Gobierno a asumir algo que durante mucho tiempo pareció secundario: Milei no gobierna solo con decretos ni con la fuerza de las elecciones; necesita construir mayorías parlamentarias.
El Senado acaba de demostrarlo.
El oficialismo logró una media sanción para su Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, pero debió retirar dos capítulos centrales para evitar una derrota.
La oposición consiguió imponer límites y el Gobierno tuvo que negociar.
Ese episodio puede convertirse en un punto de inflexión.
Porque si el Ejecutivo quiere avanzar con reformas laborales, tributarias, económicas, regulatorias y productivas durante la segunda mitad del mandato, no puede darse el lujo de enviar al Congreso proyectos que nazcan políticamente muertos.
Y ahí aparece la tensión entre dos lógicas.
La de Sturzenegger: avanzar rápido, eliminar regulaciones, simplificar y transformar.
La de Karina: hacerlo de manera políticamente viable.
Las dos son necesarias para que el programa libertario pueda avanzar.
El problema aparece cuando una quiere correr más rápido que la otra.
Sturzenegger representa una de las expresiones más puras del programa económico de Milei: menos regulaciones, menos burocracia y mayor libertad para las empresas y los individuos.
Karina Milei representa otra dimensión del proyecto libertario: la construcción del poder necesario para sostenerlo.
Y el episodio actual muestra que ambas dimensiones empiezan a encontrarse.
La Casa Rosada no está renunciando a la desregulación.
Está intentando evitar que la desregulación se convierta en una máquina de producir derrotas políticas.
El mensaje hacia Sturzenegger parece ser bastante concreto:
seguí desregulando, pero antes de llegar al Congreso, pasá por acá.
Después del traspié con la Ley de Propiedad Privada, el Gobierno parece haber descubierto una regla elemental de la política: una buena idea puede fracasar si se presenta mal, demasiado rápido o sin los votos necesarios.
Y Karina Milei parece decidida a que eso no vuelva a ocurrir.
Porque para llegar a destino, incluso la motosierra necesita conducción.
Y ahora esa conducción pasa, cada vez más, por las manos de Karina.