
Dentro del peronismo siempre existieron debates internos. Los hubo entre sindicalistas y revolucionarios, entre ortodoxos y renovadores, entre desarrollistas y liberales. Pero quizá una de las discusiones más profundas de estos años sea la que enfrenta al peronismo clásico —el del trabajo, la movilidad social ascendente y la alianza entre capital y producción— con una nueva corriente política y cultural representada por Juan Grabois.
Porque Grabois no es simplemente un dirigente social. Es la expresión política de una concepción completamente distinta a la tradición histórica del justicialismo.
Y lo primero que hay que recordar es algo que muchos jóvenes militantes desconocen: durante gran parte de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, Grabois fue opositor al kirchnerismo. No se ubicaba dentro del dispositivo político del peronismo gobernante, sino que construía por afuera, criticando lo que consideraba una estructura “tradicional” del PJ.
Su armado, ligado a la economía popular y a organizaciones sociales, fue creciendo en paralelo al deterioro estructural del empleo formal. Y allí aparece otro dato incómodo: durante el gobierno de Mauricio Macri, gran parte de las organizaciones sociales —incluyendo sectores cercanos a Grabois y al Movimiento Evita— establecieron una relación directa de negociación y cogobierno social con Carolina Stanley.
Fue en esa etapa donde los planes sociales crecieron exponencialmente y se consolidó una estructura paralela de administración de la pobreza. La asistencia dejó de verse como emergencia transitoria para convertirse en un sistema permanente.
Ese modelo multiplicó beneficiarios, intermediarios y poder territorial. Pero no generó desarrollo. No generó industria. No generó empleo privado masivo. Mucho menos movilidad social ascendente.
Mientras tanto, las cooperativas vinculadas al sistema de reciclado urbano y cartoneros desarrollaron vínculos millonarios con la administración porteña de Horacio Rodríguez Larreta. Lo paradójico es que quienes se presentaban como enemigos del “capitalismo liberal” terminaban formando parte de estructuras financiadas por uno de los gobiernos más identificados con la tecnocracia porteña y el progresismo de gestión.
Recién en 2019, con la conformación del Frente de Todos, Grabois terminó incorporándose plenamente al universo peronista electoral. Y desde entonces comenzó un proceso curioso: de pronto, Cristina pasó a ser la gran líder estratégica del campo nacional y popular, pese a que durante años había sido objeto de cuestionamientos desde esos mismos sectores.
Más que una conversión doctrinaria, pareció una adaptación política al nuevo reparto de poder.
El problema de fondo no es personal. El problema es conceptual.
El peronismo histórico jamás glorificó la pobreza. Al contrario: nació para terminar con ella mediante trabajo, salarios altos, industria nacional y ascenso social. El trabajador peronista clásico aspiraba a la casa propia, al auto, a las vacaciones, al progreso de sus hijos. Había una ética del esfuerzo vinculada a la dignidad.
En cambio, el discurso de Grabois gira permanentemente alrededor de “los excluidos”, “los descartados”, “los desposeídos”. El sujeto político deja de ser el trabajador para convertirse en el asistido.
Y ahí aparece una diferencia doctrinaria enorme.
Cuando Grabois habla de salario universal como horizonte permanente, muchos peronistas tradicionales observan una resignación cultural peligrosísima: aceptar que millones de argentinos queden definitivamente fuera del sistema productivo.
Eso no es justicia social. Es administración de la marginalidad.
El justicialismo histórico planteaba otra cosa: unir capital y trabajo para generar riqueza y luego distribuirla equitativamente. Primero producir, después repartir. La riqueza no aparece sola; requiere inversión, industria, comercio, energía, infraestructura y trabajadores calificados.
La idea de que el Estado puede sostener indefinidamente a una sociedad mediante transferencias sin crecimiento genuino termina empobreciendo a todos. Y la Argentina ya vivió ese proceso.
También existe un componente discursivo que genera rechazo en amplios sectores de clase media trabajadora. En varias ocasiones, Grabois utilizó expresiones cargadas de antagonismo social hacia sectores medios, empresarios o productores, construyendo un relato donde parecería que todo aquel que progresa es sospechoso.
Ese enfoque choca de frente con la matriz cultural del peronismo clásico, donde el comerciante, el industrial pyme, el profesional y el trabajador especializado eran parte del mismo proyecto nacional.
Perón no construyó un movimiento de pobres contra ricos. Construyó una comunidad organizada.
Hay otra cuestión que incomoda: el reemplazo de la cultura sindical por la lógica de los movimientos sociales. El peronismo histórico se estructuró alrededor del trabajador registrado, del convenio colectivo, de la fábrica, del gremio y de la producción. La nueva lógica reemplaza eso por cooperativas subsidiadas, empleo informal y organizaciones dependientes del financiamiento estatal.
No es casual que muchos trabajadores formales sientan hoy que el peronismo dejó de hablarles.
Mientras un empleado formal paga impuestos, alquiler, transporte y tarifas cada vez más altas, escucha discursos centrados exclusivamente en la asistencia social. Y allí aparece una fractura política profunda que explica parte del divorcio entre el PJ y amplios sectores populares tradicionales.
El drama del peronismo contemporáneo es que, en muchos casos, dejó de ofrecer un horizonte de ascenso y empezó simplemente a administrar el descenso.
Y en esa transformación, figuras como Juan Grabois no son una anomalía: son el síntoma de una crisis doctrinaria mucho más grande.