
El último dato de inflación del 3,4% vuelve a poner sobre la mesa una discusión que el gobierno intenta esquivar: la desconexión entre el relato oficial y la realidad cotidiana. Mientras los precios siguen subiendo mes a mes, desde el poder se insiste en explicaciones que no sólo resultan insuficientes, sino que además rozan lo absurdo.
El ministro de Economía, Luis Caputo, eligió un ejemplo tan llamativo como polémico: habló de personas que compran “40 sachets de leche para stockearse” justificando distorsiones en los precios. La declaración no sólo carece de rigor técnico, sino que además deja entrever una mirada preocupante: la responsabilidad de la inflación parece recaer, una vez más, en los consumidores.
La pregunta es inevitable: ¿de verdad el problema inflacionario argentino se explica por compras exageradas de leche? ¿O estamos frente a un intento de desviar la atención de las verdaderas causas estructurales, como la política monetaria, la formación de precios concentrada o la falta de controles efectivos?
Por su parte, el presidente Javier Milei también aportó su propia interpretación, afirmando que si la carne no hubiera aumentado, la inflación habría sido del 2,5%. La frase, más cercana a un ejercicio hipotético que a un análisis económico serio, revela una lógica preocupante: fragmentar la realidad para mostrar números más “amigables”.
Pero la inflación no funciona así. No es un conjunto de variables aisladas que se pueden quitar del cálculo para mejorar el resultado. La carne aumenta porque hay un contexto macroeconómico que lo permite o lo impulsa. Lo mismo ocurre con la leche, el pan o el transporte. Intentar explicar el índice eliminando componentes incómodos es, en el mejor de los casos, simplificar en exceso; en el peor, manipular el debate público.
Mientras tanto, del otro lado del mostrador, la realidad es mucho más concreta. Salarios que no alcanzan, consumo en caída y una sensación generalizada de pérdida de poder adquisitivo. El 3,4% puede parecer, en términos técnicos, una desaceleración respecto de marzos anteriores, pero en la vida diaria sigue siendo un golpe directo al bolsillo.
El problema de fondo no es sólo el número, sino el enfoque. Cuando un gobierno empieza a responsabilizar a la gente por cómo compra o a construir escenarios ficticios para justificar índices, pierde de vista lo esencial: la inflación es un fenómeno macroeconómico que requiere políticas consistentes, no relatos ingeniosos.
En definitiva, más que una explicación, lo que se vio tras el dato del 3,4% fue un intento de justificar lo injustificable. Y en ese intento, el riesgo es claro: que la desconexión entre el gobierno y la sociedad siga creciendo al mismo ritmo que los precios.