
Hace exactamente una semana escribíamos en este mismo espacio la columna “Patricia, la posible Judas de Milei”, donde se analizaba si la multifacética dirigente Patricia Bullrich, viendo a un presidente en aparente retroceso, podía empezar a especular con el momento exacto para dar el portazo y enfrentarlo en las urnas. Lo que entonces era una mezcla de información e intuición política, hoy parece haber dejado de ser patrimonio exclusivo de este cronista.
Ayer, en la convención anual de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en la Argentina (AmCham), el presidente Javier Milei ofreció un discurso deslucido, errático, por momentos desconectado de la realidad. En su intento por explicar la inflación, lanzó una frase que ya quedó marcada: “si la carne no hubiera subido, la inflación habría sido del 2,5% y no del 3,4%”.
La lógica es, como mínimo, discutible. Siguiéndola, uno podría afirmar que si no tomaba dos botellas de vino no se emborrachaba, o que si salía hoy con paraguas se mojaba menos. Un ejercicio contrafáctico infinito que no explica nada, pero que sí revela algo: la dificultad creciente del gobierno para construir un relato económico consistente.
Pero lo más llamativo no fue solo lo que dijo, sino lo que insinuó. En un momento que pasó casi desapercibido, Milei amagó con una despedida: dejó entrever que, si la sociedad no lo acompaña, podría volver a la actividad privada. Un mensaje extraño para un presidente en funciones, más aún en un contexto de fragilidad política.
Quien, en cambio, conoce poco de la actividad privada es Bullrich. De origen en una familia de alta alcurnia, su carrera está atravesada por más de tres décadas en el Estado, con múltiples cargos y un pasado polémico que incluye su juventud en la organización Montoneros. Sin embargo, en política la coherencia biográfica rara vez es determinante: lo que importa es la oportunidad.
Y el dato clave es ese: en el establishment empieza a expandirse una idea corrosiva pero cada vez más audible —que Milei ya habría dado todo lo que tenía para dar.
No fue casual, entonces, que mientras el presidente se enredaba en explicaciones farragosas sobre por qué la inflación sube pero va a bajar, en los pasillos de AmCham muchos empresarios miraran hacia Bullrich. No es solo curiosidad: es olfato político. Cuando el poder percibe debilidad, empieza a buscar alternativas.
Las preguntas se acumulan. ¿Lo permitirá Karina Milei, guardiana del círculo más íntimo del presidente? ¿Tiene Milei un núcleo duro lo suficientemente sólido como para resistir una eventual fuga de apoyos? ¿Esa porción del electorado anti peronista podría migrar hacia una figura con mejor imagen relativa?
En paralelo, el PRO coquetea con la idea de reconfigurarse. ¿Podría Mauricio Macri perdonar y reincorporar a Bullrich como candidata? ¿El llamado “círculo rojo” ya le picó el boleto a Milei? ¿Incluso estarían dispuestos a tolerar una alternativa distinta, como un Axel Kicillof más moderado?
Lo cierto es que, mientras estas especulaciones recorren despachos y salones empresariales, hay una Argentina que sigue esperando respuestas. No la de los cócteles ni las convenciones, sino la de quienes viajan dos o tres horas para trabajar y lo mismo para volver, por salarios que no alcanzan.
Esa distancia —entre la política que especula y la sociedad que sobrevive— es hoy el verdadero problema. Y también, posiblemente, el mayor riesgo para todos. Porque cuando la dirigencia discute nombres y estrategias, pero no soluciones, el vacío no tarda en llenarse.
Y en ese vacío, la pregunta deja de ser solo “Hola Pato”. Empieza a tomar forma otra, mucho más incómoda para el gobierno: ¿ya es hora de decir “Chau Javo”?