
La economía de Javier Milei empieza a mostrar algo más que números: exhibe una lógica. Y esa lógica, como advirtió Carlos Melconian en su análisis publicado en La Nación, se puede resumir en una frase incómoda pero precisa: el modelo funciona, pero no para todos.
Lejos de la discusión ideológica, el diagnóstico es técnico: hay ganadores y hay perdedores. Y no están distribuidos al azar.
Un modelo que ordena la macro, pero rompe la micro
El punto de partida del análisis de Melconian es claro: el Gobierno logró ordenar algunas variables macroeconómicas. Superávit fiscal, menor emisión, intento de estabilización. Pero ese orden no se traduce de manera homogénea en la vida cotidiana.
La clave está en la composición del crecimiento. Como también coinciden otros análisis económicos, los sectores que hoy traccionan la actividad son aquellos intensivos en capital pero no en empleo: energía, minería, agro y finanzas.
Es decir, sectores que pueden crecer mucho sin derramar demasiado.
Ahí aparecen los primeros ganadores.
Los ganadores: pocos, concentrados y dinámicos
En la lógica que describe Melconian, los beneficiados del modelo son claros:
Son actividades que ganan con la desregulación, el tipo de cambio más competitivo y la apertura. Incluso hay zonas del país que empiezan a destacarse por encima del promedio, como la Patagonia energética, donde crecen simultáneamente empleo, salarios y actividad.
Pero hay un dato central: estos sectores no absorben mano de obra masiva. No construyen mayorías sociales.
Los perdedores: los que sostienen el empleo
Del otro lado del mostrador, el cuadro es más amplio y más delicado.
Melconian advierte —en línea con otros economistas— que el esquema actual golpea especialmente a:
Son, casualmente, los sectores que más empleo generan. Y ahí aparece la tensión estructural del modelo: crecimiento sin inclusión.
Los datos acompañan esa lectura. Mientras algunos indicadores macro mejoran, cae el empleo formal, se deteriora el poder adquisitivo y crece la informalidad.
La Argentina desigual: más allá de la General Paz
Uno de los puntos más interesantes del planteo de Melconian es el enfoque territorial. No alcanza con mirar el promedio nacional.
Según su mirada, el impacto del modelo cambia según dónde se mire. Hay regiones que se benefician claramente y otras —sobre todo el conurbano bonaerense— donde el deterioro es más visible.
Ahí se concentra una parte importante de los “perdedores” del esquema: trabajadores informales, cuentapropistas, pymes y sectores ligados al consumo interno.
El consumo como síntoma
Quizás el mejor termómetro de esta fragmentación sea el consumo.
La economía muestra una paradoja: crece la venta de bienes durables, autos o turismo, pero cae el consumo básico, como alimentos.
Es una postal clásica de modelos desbalanceados: una parte de la sociedad accede a bienes más sofisticados, mientras otra recorta lo esencial.
La advertencia de Melconian
Desde su columna, Melconian no niega los avances en el orden macro. Pero introduce una advertencia política y económica: un modelo que genera ganadores y perdedores de manera tan marcada necesita resolver esa brecha.
Porque si no, el problema no es técnico. Es de sustentabilidad.
Incluso el propio economista advierte sobre el riesgo de un desfasaje entre inflación, actividad y poder adquisitivo, señalando que la caída del ingreso real sigue siendo un factor crítico.
El dilema de fondo
El modelo Milei parece avanzar sobre una premisa: primero ordenar, después crecer, y recién entonces distribuir.
El problema es el tiempo.
Porque mientras ese futuro llega —si llega— la economía real sigue funcionando hoy. Y hoy, como describe Melconian, la Argentina no es una sola.
Es, cada vez más, dos:
La pregunta que queda abierta no es si el modelo funciona.
La pregunta es para quién.