Francisco: el pastor que entendió el poder

Francisco: el pastor que entendió el poder

Francisco: el pastor que entendió el poder
Por: Pablo López


Este primer aniversario de la muerte de Papa Francisco obliga a salir de los lugares comunes. Ni santo de bronce ni operador en las sombras: fue, sobre todo, un líder que entendió como pocos la tensión entre fe, poder y pueblo.

Antes de convertirse en pontífice, cuando todavía era el arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio no dudó en incomodar al poder político de turno. Su mirada crítica hacia el kirchnerismo no fue un gesto menor en un país donde la Iglesia muchas veces eligió el silencio. Marcó distancia de Néstor Kirchner y también de Cristina Fernández de Kirchner, no desde una oposición partidaria, sino desde una concepción moral del rol eclesiástico: estar cerca de los que menos tienen, incluso cuando eso implica confrontar con gobiernos que se reivindican populares.

Sin embargo, ya como Papa, Francisco entendió algo que muchos dirigentes argentinos nunca logran: que gobernar —incluso desde el Vaticano— implica convivir con quienes piensan distinto. Su relación con Cristina fue, en ese sentido, un ejercicio de pragmatismo político. Donde antes hubo frialdad, luego hubo diálogo, fotos compartidas y una convivencia institucional que mostró a un Bergoglio capaz de separar sus diferencias personales de su rol global.

Más compleja fue su relación con Mauricio Macri. Allí nunca terminó de construirse un vínculo fluido. Hubo gestos, silencios y una distancia que se percía tanto en Roma como en Buenos Aires. No fue ruptura, pero tampoco confianza. Francisco parecía ver en Macri no solo a un dirigente, sino a una representación de sectores con los que históricamente mantuvo reservas.

Con Javier Milei, en cambio, la historia tomó un giro inesperado. De los agravios iniciales —propios de la lógica disruptiva del actual presidente— se pasó a una escena que quedará en la memoria política: Milei pidiendo perdón, Francisco aceptándolo y ambos riendo. Ese gesto, más que anecdótico, fue profundamente simbólico. Mostró a un Papa dispuesto a perdonar y a un presidente entendiendo los límites del conflicto cuando se trata de figuras que trascienden la coyuntura.

Pero reducir a Francisco a sus vínculos con la política argentina sería injusto. Su verdadera batalla fue otra: recuperar el sentido popular de la Iglesia Católica. Sacarla de los mármoles fríos del poder y devolverla a las periferias. Intentó —con avances y resistencias— arrebatarle el Vaticano a las élites para acercarlo al pueblo trabajador, al migrante, al descartado.

En un mundo atravesado por conflictos, Francisco eligió ser una voz incómoda contra la guerra. No construyó poder desde la confrontación bélica, sino desde la insistencia casi obstinada en la paz. En tiempos donde los liderazgos globales se endurecen, su mensaje fue contracultural.

También entendió que el siglo XXI exige diálogo interreligioso. Su convivencia con otras religiones no fue un gesto diplomático vacío, sino una estrategia consciente: sin puentes entre credos, no hay paz posible entre pueblos.

Francisco fue, en definitiva, un actor político en el sentido más profundo del término. No porque haya jugado a la política partidaria, sino porque entendió que la fe, sin incidencia en la realidad, es apenas un ritual vacío.

A un año de su muerte, queda una pregunta abierta: ¿la Iglesia seguirá ese camino o volverá a refugiarse en la comodidad del poder? Porque si algo dejó claro Bergoglio es que incomodar al poder —cualquiera sea su signo— es, quizás, la forma más auténtica de ejercer liderazgo.

Publicado el: 2026-04-21