
Hasta hace apenas unas semanas, incluso dentro del propio peronismo, predominaba una sensación difícil de disimular: la resignación. Salvo el núcleo duro que responde a Axel Kicillof, en buena parte del PJ —sobre todo en el interior— se asumía que Javier Milei tenía el camino allanado para gobernar ocho años. La fragmentación opositora, la falta de liderazgo claro y el peso del rechazo social parecían demasiado grandes como para revertirse en el corto plazo.
Pero la política argentina nunca es lineal.
En el medio aparecieron errores no forzados del Gobierno que comenzaron a erosionar esa aparente estabilidad. Una ley laboral con un polémico artículo sobre licencias médicas terminó generando malestar no solo en trabajadores formales, sino incluso en sectores informales. Fue leído como un gesto de insensibilidad en un contexto económico ya asfixiante. Un verdadero tiro en el pie, impulsado por un ministro con imagen técnica pero escasa empatía social, como Federico Sturzenegger, cuya trayectoria pública suele estar asociada a momentos de ajuste y crisis.
A la par, la economía empezó a mostrar signos de desgaste más profundos de lo esperado. Los salarios reales siguen deteriorándose y la inflación, lejos de encontrar un ancla definitiva, continúa escalando mes a mes. El malhumor social crece en silencio, como aquel aumento diario de la nafta que nadie anuncia pero todos sienten.
En ese contexto, los escándalos también hicieron lo suyo. El caso “Libra” y, sobre todo, el desgaste de Manuel Adorni golpearon la narrativa oficial. Adorni, que había construido un perfil sólido como vocero —quizás uno de los más eficaces en años—, quedó expuesto por decisiones difíciles de justificar en términos políticos: un viaje a Nueva York con su esposa en el avión presidencial, una estadía en un hotel de lujo, la aparición de propiedades y hasta un vuelo privado. Aun cuando todo pudiera estar dentro de lo legal, el problema fue otro: la disonancia. Ser la cara del ajuste, del pedido de paciencia y austeridad, y al mismo tiempo protagonizar escenas de privilegio, termina siendo leído como una burla.
Más aún cuando ese mismo funcionario, años atrás, cuestionaba públicamente a una multinacional por un paquete de salchichas en mal estado. Un gesto que, en otro contexto, podía interpretarse como cercanía con el ciudadano común, pero que hoy, bajo otra lupa, suena más a oportunismo o incluso a mezquindad, algo que el común de la gente no lo haría porque suena de “ratón”.
Mientras tanto, lo que el peronismo evita decir en voz alta empieza a circular en privado. Saben que hay un reflejo profundamente arraigado en la sociedad: el antiperonismo. Por eso miden, analizan y esperan. Pero las encuestas reservadas empiezan a mostrar un cambio de clima. Algunos estudios —como los que difunde el consultor Juan Courel— indican que, por primera vez en meses, un escenario de ballotage hoy podría favorecer a Sergio Massa frente a Milei.
¿Alcanza con eso? Claramente no.
El peronismo empieza a reordenarse, o al menos a intentarlo. Dirigentes como Sergio Uñac retoman el diálogo con Cristina Fernández de Kirchner. Todos hablan con todos. Pero lo que no aparece —todavía— es lo más importante: un proyecto.
Porque la gran pregunta no es solo si el peronismo puede volver. Es para hacer qué.
¿Va a insistir con un modelo cerrado, hiperestatista, con ministerios poblados de militancia y emisión sin respaldo? ¿O va a asumir de una vez que la Argentina necesita estabilidad macroeconómica, reglas claras y acuerdos amplios?
¿Puede construir un programa que dialogue con otros espacios, incluso con sectores del PRO, para generar políticas de Estado que trasciendan gobiernos? ¿Va a convertir la obra pública nuevamente en motor de desarrollo, como lo fue —con matices— durante las gestiones de Cristina, Mauricio Macri y Alberto Fernández?
¿Va a apostar al desarrollo de industrias estratégicas, como la energética, para agregar valor en lugar de exportar materia prima? ¿Qué señales le dará a los inversores? ¿Cómo se va a reconciliar con una clase media que en gran parte le dio la espalda?
También hay debates más profundos, incómodos pero necesarios: el crecimiento de la informalidad, la expansión de barrios precarios, el deterioro de la educación pública y la pérdida de cohesión social. ¿Habrá una autocrítica real o se insistirá en recetas que ya mostraron sus límites?
Quizás la respuesta esté, paradójicamente, en las propias raíces del movimiento. En aquel Juan Domingo Perón de 1973 que planteaba la unidad nacional como única salida posible. Un concepto hoy casi olvidado en medio de una grieta que desgasta, empobrece y paraliza.
Pero ese desafío no es solo del peronismo. También interpela al PRO, a los sectores liberales y a toda la dirigencia política. ¿Están dispuestos a formar parte de un acuerdo más amplio? ¿A ceder, a negociar, a construir algo más duradero que una victoria electoral?
La Argentina no necesita solamente alternancia. Necesita consenso.
El peronismo, hoy, empieza a ver una ventana. Algo que hace meses parecía cerrado. Pero volver al poder no es lo más difícil. Lo verdaderamente complejo es demostrar que aprendió de sus errores y que puede ofrecer algo distinto.
Porque si la respuesta es más de lo mismo, entonces la oportunidad será apenas una ilusión pasajera. Pero si logra reformularse, ampliar su base y construir un proyecto serio, entonces sí, quizás lo que hasta ayer parecía imposible, empiece a volverse real.