
La discusión política argentina suele producir escenas curiosas, pero pocas tan reveladoras como el reciente ataque de militantes kirchneristas contra Lionel Messi. En redes sociales y en algunos espacios de militancia se lo acusó de “desclasado”, de haber “olvidado sus orígenes” y de no representar los valores populares. La pregunta inevitable es: ¿en qué planeta viven?
Messi nació en un hogar humilde de Rosario, como miles de chicos argentinos que sueñan con triunfar en el deporte. Que ese chico haya terminado siendo el mejor futbolista del mundo no lo convierte en un “traidor de clase”, sino en un ejemplo extraordinario de movilidad social y talento. Sin embargo, para cierto sector del kirchnerismo parece existir una regla tácita: si alguien viene de abajo, necesariamente debería abrazar las banderas de la izquierda o del progresismo cultural.
Esa lógica, más propia de un manual de militancia universitaria que de la tradición política argentina, choca frontalmente con la historia del propio peronismo. El movimiento fundado por Juan Domingo Perón nunca fue un proyecto de izquierda en el sentido ideológico clásico. Fue, en todo caso, un movimiento nacional, popular y profundamente pragmático, que combinó elementos del sindicalismo, del nacionalismo económico y de la doctrina social de la Iglesia.
De hecho, durante su primer gobierno Perón mantuvo la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, una medida que había sido incorporada en 1943 y que continuó vigente durante buena parte del primer peronismo. Recién en 1954, cuando el conflicto político con la Iglesia Católica escaló dramáticamente, el gobierno decidió eliminarla. Ese dato histórico por sí solo debería bastar para mostrar lo lejos que estaba el peronismo original de la agenda cultural progresista que hoy enarbolan muchos kirchneristas.
La paradoja se vuelve todavía más evidente cuando aparece la comparación con Diego Maradona. Para una parte del kirchnerismo, Maradona representa al “pueblo” mientras Messi simboliza al deportista distante o frío. Sin embargo, la biografía política del Diez no encaja demasiado bien con ese relato simplificado.
Maradona fue un entusiasta apoyo de Carlos Menem en los años noventa, y expresó públicamente admiración por Domingo Cavallo, el ministro que diseñó la convertibilidad. Nada de eso invalida su condición de ídolo popular ni su genialidad futbolística. Pero muestra lo absurdo de pretender medir a los grandes deportistas con una vara ideológica.
Los astros del deporte no son intelectuales orgánicos ni cuadros partidarios. Pretender que cada figura pública deba alinearse con una agenda política específica es, además de ingenuo, profundamente autoritario. Ni Messi tiene la obligación de ser liberal ni Maradona tenía la obligación de ser peronista, socialista o kirchnerista.
Lo llamativo es que muchos de los que hoy pontifican sobre el “verdadero pueblo” parecen estar más cerca de las categorías ideológicas de Myriam Bregman que de las de Perón. La idea de la “conciencia de clase”, del “desclasado” o de la obligación moral de militar en determinada causa pertenece al universo conceptual de la izquierda marxista, no al del peronismo histórico.
Algo similar ocurre con la agenda cultural. El feminismo contemporáneo, convertido en bandera central de muchos sectores kirchneristas, poco tiene que ver con la tradición del movimiento justicialista. Eva Perón fue una figura revolucionaria en términos de ampliación de derechos políticos para las mujeres, pero su visión estaba lejos del feminismo ideológico actual. Evita hablaba de justicia social, de lealtad y de comunidad organizada; no de la guerra cultural permanente que hoy domina buena parte del debate progresista.
El resultado es una especie de paradoja política: un sector del kirchnerismo que cree defender la tradición peronista pero que, en realidad, adopta categorías culturales e ideológicas mucho más cercanas a la izquierda universitaria global que al peronismo clásico.
Por eso, cuando se ataca a Messi por no cumplir con determinadas expectativas políticas, lo que queda expuesto no es el futbolista, sino la distancia entre ese discurso militante y la sociedad real.
Quizás la pregunta correcta no sea qué piensa Messi de la política argentina. La pregunta es otra: cómo puede ser que quienes se dicen herederos del movimiento más pragmático y popular del país terminen hablando un idioma ideológico que la mayoría de los argentinos no reconoce como propio.
Y ahí aparece nuevamente la pregunta inicial, inevitable y algo incómoda: ¿en qué planeta viven los kirchneristas?