
Durante años, en la Argentina existió una idea profundamente arraigada: el transporte público no era solamente una forma de llegar al trabajo o a la escuela, sino una herramienta de integración social. El tren conectaba barrios, ciudades y oportunidades. Permitía que millones de personas pudieran estudiar, trabajar o simplemente vivir con un poco más de dignidad. Hoy, esa idea parece estar siendo demolida a fuerza de recortes, abandono y resignación.
Lo que ocurrió ayer en el ferrocarril Belgrano volvió a dejarlo en evidencia. Vagones colapsados, demoras, pasajeros viajando hacinados, formaciones insuficientes y una sensación generalizada de maltrato. Gente agotada después de jornadas laborales eternas, obligada a soportar viajes cada vez peores mientras desde el poder se les pide paciencia y sacrificio permanente. El problema es que el sacrificio siempre recae sobre los mismos.
La frase “el viajar no es un placer” ya dejó de ser un simple juego irónico con aquella vieja canción popular. Para millones de argentinos, viajar se convirtió en una experiencia de estrés, bronca y desgaste físico. Especialmente para los trabajadores del conurbano bonaerense, que pasan horas arriba de trenes y colectivos deteriorados mientras pagan tarifas más altas por un servicio peor.
El deterioro del Belgrano no es casual ni accidental. Es la consecuencia lógica de una política de ajuste donde todo aquello que no genera rentabilidad inmediata pasa a ser considerado un gasto inútil. El problema es que el transporte público no puede medirse únicamente con la lógica de una planilla de Excel. Un tren no es solo un balance contable: es tiempo de vida, seguridad y calidad humana.
Cada frecuencia que se elimina implica más personas apretadas. Cada obra suspendida implica más riesgos. Cada recorte en mantenimiento termina pagándose con incomodidad o, peor aún, con tragedias. La historia ferroviaria argentina ya mostró demasiadas veces las consecuencias de abandonar el sistema.
Además, existe una enorme contradicción discursiva. Se habla constantemente de productividad y cultura del trabajo, pero al mismo tiempo se condena a los trabajadores a viajes infernales. ¿Cómo puede rendir mejor una sociedad que pasa cuatro o cinco horas diarias viajando en condiciones indignas? El cansancio social también es una forma de empobrecimiento.
La degradación del transporte público también expresa otra realidad más profunda: la fragmentación social argentina. Quien toma decisiones muchas veces no usa trenes ni colectivos. Viaja en autos oficiales, choferes o aviones. Entonces el deterioro no se vive en carne propia. El hacinamiento, las demoras y el calor quedan reservados para una Argentina invisible que sostiene el país todos los días.
Hubo una época en la que el ferrocarril era símbolo de desarrollo e integración nacional. Hoy parece haberse naturalizado que viajar mal es parte inevitable de la vida cotidiana. Y quizás ese sea el dato más preocupante: cuando una sociedad empieza a acostumbrarse al deterioro, deja también de reclamar el derecho a vivir mejor.
Porque no, viajar no debería ser un castigo. Tampoco un lujo. Debería ser un derecho básico en cualquier país que aspire a funcionar con un mínimo de dignidad social.