
En la política argentina, donde la construcción de liderazgo suele ser una mezcla de calle, crisis y oportunidad, irrumpen cada tanto figuras que parecen diseñadas en laboratorio. La posible candidatura de Dante Guebel encaja bastante bien en ese molde: un outsider millonario, con fuerte presencia en el mundo religioso, que en las últimas semanas emprendió un tour mediático intensivo pero con un problema central: todavía no tiene un electorado claro que lo respalde.
Su desembarco en la escena pública no fue casual ni espontáneo. Guebel se paseó por canales de streaming, programas de televisión y recibió una fuerte promoción en redes sociales. Sin embargo, lejos de ser un fenómeno orgánico, su aparición responde a una lógica de construcción “de arriba hacia abajo”: primero la visibilidad, después —si se puede— la base política. Un camino inverso al que, por ejemplo, recorrió Javier Milei, quien capitalizó años de exposición mediática pero con una narrativa disruptiva que logró conectar con un malestar social real.
Guebel, en cambio, no parece haber logrado todavía ese vínculo emocional con amplios sectores de la sociedad. Su perfil es el de un predicador exitoso, con llegada a fieles tanto en Estados Unidos como en Argentina, pero ese capital religioso no necesariamente se traduce en votos. La historia política local está llena de ejemplos donde la influencia espiritual no logra convertirse en representación electoral.
Además, su trayectoria suma elementos que complejizan su posicionamiento. Fue durante años el segundo del controvertido Héctor Giménez, una figura que supo generar adhesión pero también fuertes críticas. A eso se suma que Guebel vive en Estados Unidos desde hace más de 15 años, lo que abre un interrogante difícil de eludir: ¿puede alguien que no habita cotidianamente la Argentina interpretar y representar las demandas de una sociedad atravesada por crisis permanentes?
Ese dato no es menor en un país donde la cercanía —real o simbólica— con la vida cotidiana de la gente sigue siendo un activo político clave. La idea de “venir a presidir” una nación en la que no se vive genera, como mínimo, desconfianza.
Pero quizás la pregunta más interesante no sea si Guebel puede ganar —todo indica que no— sino para quién juega. En un escenario fragmentado, su candidatura podría tener un rol más táctico que competitivo. ¿Busca erosionar a Milei captando parte del voto religioso o antipolítico? ¿O intenta restarle volumen al peronismo en sectores populares donde las iglesias evangélicas tienen presencia creciente?
Lo cierto es que, por ahora, su nivel de conocimiento es bajo, su carisma político limitado y su instalación mediática se da en circuitos bastante segmentados. No hay todavía un fenómeno social que acompañe esa visibilidad. Y sin ese respaldo, cualquier candidatura queda reducida a un experimento.
En ese armado también aparece el nombre de Mario Pergolini, lo que refuerza la idea de una construcción más vinculada al marketing y la comunicación que a la política territorial. Una sociedad que puede generar ruido, instalar agenda y hasta conseguir algún resultado legislativo marginal, pero difícilmente mucho más que eso.
En definitiva, el “tour mediático” de Guebel parece más una prueba de laboratorio que una candidatura con destino de poder. Un intento de instalar una figura sin haber construido previamente un sujeto político que la sostenga. Y en la Argentina, donde la política suele ser despiadada con los experimentos artificiales, eso suele tener un final previsible: impacto efímero, resultados modestos y la sensación de que, detrás de todo, hay intereses que todavía no terminan de mostrarse del todo.
Por ahora, más que un candidato, Guebel es una incógnita. Y en política, las incógnitas rara vez ganan elecciones.