
Hay silencios que también son mensajes. Y el silencio de Javier Milei frente a la muerte de Carlos "El Indio" Solari resulta tan llamativo como revelador. Sobre todo en un presidente que ha hecho de las redes sociales una extensión de su despacho, opinando a diario sobre los temas más diversos, desde conflictos internacionales hasta discusiones culturales, económicas o deportivas. Milei comenta, celebra, critica y polemiza prácticamente sobre todo. Sin embargo, frente a la desaparición de una de las figuras más trascendentes de la cultura popular argentina eligió callar.
La ausencia de una palabra oficial no pasó inadvertida. Tampoco la decisión de no decretar duelo nacional. No porque el duelo sea una obligación legal ante la muerte de un artista, sino porque el propio Gobierno ha utilizado esa herramienta en otras ocasiones para homenajear a personalidades extranjeras o figuras consideradas relevantes por el Presidente. La comparación es inevitable: si hubo reconocimientos para referentes internacionales, ¿por qué no para alguien que marcó a varias generaciones de argentinos y protagonizó algunos de los fenómenos de masas más grandes de la historia cultural del país?
La contradicción también aparece en otro plano. Milei suele presentarse como un hombre vinculado al rock, alguien que reivindica la rebeldía y la contracultura. Incluso ha utilizado canciones de La Renga como parte de su construcción simbólica, pese a que los integrantes de la banda han manifestado públicamente su rechazo a que su música sea asociada con el proyecto libertario. En ese contexto, el desinterés por la muerte del Indio parece más vinculado a la política que a la cultura.
Porque el problema para algunos sectores nunca fue la obra de Solari. Fue su posicionamiento ideológico. El Indio se definió durante años como kirchnerista y expresó simpatías por distintos dirigentes del campo nacional y popular. Esa identificación política parece haber pesado más que su enorme dimensión artística. Como si para reconocer la trascendencia de una figura cultural fuera necesario coincidir con sus ideas.
Sin embargo, los grandes fenómenos populares trascienden las fronteras partidarias. El Indio Solari fue escuchado por radicales, peronistas, libertarios, socialistas y apolíticos. Sus recitales convocaron multitudes difíciles de comparar con cualquier otro artista argentino. Sus canciones forman parte de la memoria colectiva de millones de personas. Su influencia atravesó generaciones y construyó una identidad cultural propia, con códigos, símbolos y rituales que excedieron largamente el universo del rock.
La grandeza de un estadista suele medirse también por su capacidad para reconocer aquello que está por encima de las disputas coyunturales. Un presidente no homenajea solamente a quienes piensan como él. Homenajea a quienes forman parte del patrimonio simbólico de la nación. Y en ese terreno, guste o no guste, el Indio Solari ocupa un lugar indiscutible.
Por eso el silencio presidencial no habla tanto del artista como del propio Gobierno. Habla de una mirada incapaz de separar la valoración cultural de la identificación política. Habla de una Argentina que todavía discute a sus íconos según a quién votan o qué ideas expresan. Y habla, sobre todo, de una oportunidad perdida para reconocer a una figura que ya pertenece a algo mucho más grande que cualquier partido: la historia de la cultura popular argentina.