
El PRO atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia política. El partido que gobernó la Argentina entre 2015 y 2019 y que durante años funcionó como principal referencia de la centroderecha argentina enfrenta ahora una disyuntiva que no parece tener una solución sencilla: ¿debe convertirse en socio electoral de Javier Milei o preservar una identidad propia y competir por separado?
El acto realizado en Jujuy por Mauricio Macri la semana pasada, que pretendía mostrar que el PRO conserva presencia nacional, terminó convirtiéndose en una demostración de la dificultad que tiene el partido para recuperar volumen político.
La convocatoria fue cuestionada incluso desde dentro del propio PRO. Página/12 consignó que un dirigente con experiencia en actos partidarios calculó unas 150 personas y que circularon fotografías en las que apenas se observaba una veintena de asistentes, contando al propio Macri. La transmisión por YouTube, además, tuvo un pico de apenas 56 espectadores. Desde el sector que respalda a Hernán Lacunza respondieron que no se trataba de un acto masivo sino de una actividad destinada a dirigentes del NOA.
Más allá de cuál haya sido exactamente la cantidad de asistentes, hay un dato político difícil de disimular: el acto no logró convertirse en la demostración de fuerza que el PRO necesitaba.
Y la paradoja es que ocurrió mientras Macri intenta negociar con el Gobierno una eventual alianza electoral para 2027.
La posición de Mauricio Macri es probablemente la más ambigua de todas.
El expresidente habilitó una mesa de negociación con La Libertad Avanza. Sus enviados son Cristian Ritondo y Fernando De Andreis, quienes mantienen reuniones periódicas con representantes del Gobierno. El objetivo declarado es coordinar la agenda legislativa, aunque la posibilidad de una alianza electoral para 2027 aparece inevitablemente sobre la mesa.
Pero Macri tampoco terminó de cerrar la puerta a una alternativa propia.
En Jujuy volvió a marcar diferencias con Milei y calificó al superávit fiscal de la actual gestión como de “baja calidad”. También cuestionó la falta de equipos y sostuvo que el PRO respaldó al Gobierno como “nadie lo hizo”.
La contradicción es evidente: Macri negocia con Milei mientras permite que el PRO construya una candidatura presidencial propia.
Ese candidato es Hernán Lacunza.
Y Lacunza no parece dispuesto a ser simplemente una ficha de negociación.
El sector acuerdista tiene nombres concretos y, fundamentalmente, una lógica electoral.
Cristian Ritondo es probablemente su principal operador. El presidente del bloque PRO en Diputados participa de las reuniones con La Libertad Avanza y sostiene que dividir a las fuerzas que se identifican con el cambio puede favorecer al peronismo.
Su razonamiento es directo: si PRO y LLA compiten separados, podrían terminar dividiendo un electorado que tiene un fuerte componente antikirchnerista.
Ritondo fue explícito frente a la candidatura de Lacunza. Mientras el exministro sostuvo que el PRO debería competir separado, el dirigente bonaerense respondió que si las fuerzas del cambio van divididas, “lo que desaparece no es un partido, es la oportunidad del país”.
En esa misma línea se ubica Diego Santilli.
El diputado es uno de los principales impulsores de una convergencia entre PRO y LLA en la provincia de Buenos Aires. Su razonamiento es territorial: para el macrismo bonaerense, la posibilidad de enfrentar al peronismo en el principal distrito del país requiere coordinar fuerzas.
Fernando De Andreis completa la mesa negociadora y representa al círculo más cercano a Macri.
Los tres —Ritondo, Santilli y De Andreis— son hoy los principales nombres del PRO que trabajan en la construcción de algún tipo de entendimiento con el oficialismo.
Pero incluso ellos reconocen que el acuerdo está lejos.
Después de la cuarta reunión con funcionarios libertarios, Ritondo y De Andreis admitieron que estaban “lejos del acuerdo electoral”.
Y ese detalle es importante: los que quieren acordar tampoco están consiguiendo todavía que La Libertad Avanza les ofrezca las condiciones que pretenden.
El conflicto de fondo no es únicamente ideológico.
Es de poder.
El PRO puede aceptar acompañar a Milei, pero pretende conservar capacidad de negociación, territorios y lugares en las listas.
La Libertad Avanza, en cambio, busca ampliar su estructura territorial y absorber buena parte del electorado y de la dirigencia que alguna vez perteneció al macrismo.
Ahí aparece la principal desconfianza de los amarillos.
Una cosa es formar una alianza.
Otra muy diferente es ser incorporado como estructura subordinada dentro de La Libertad Avanza.
Las conversaciones de agosto ya mostraban ese problema. Macri pretendía garantías para el armado de 2027, mientras que el Gobierno buscaba avanzar hacia una coordinación que favoreciera la reelección de Milei. La Capital Federal aparece como uno de los principales puntos de conflicto.
En la Ciudad, Jorge Macri necesita preservar el poder del PRO y aspira a su reelección. Pero La Libertad Avanza ya tiene estructura propia y no parece dispuesta a entregarle al macrismo un cheque en blanco.
Por eso CABA puede convertirse en uno de los principales campos de batalla de la negociación.
Del otro lado aparece Hernán Lacunza.
El exministro de Economía de Mauricio Macri lanzó su precandidatura presidencial por el PRO y sostiene que el partido necesita ofrecer una alternativa independiente.
Su diagnóstico es contundente: si el PRO se integra a La Libertad Avanza, corre el riesgo de desaparecer.
“No quiero que el PRO desaparezca”, sostuvo Lacunza, quien plantea que lo mejor sería competir separados y ofrecer alternativas distintas a la sociedad. También defendió la continuidad de las PASO y cuestionó el intento del Gobierno de eliminarlas.
Lacunza no está solo.
María Eugenia Vidal también salió a defender la posibilidad de una candidatura propia del PRO, según la reconstrucción de la interna partidaria publicada por Página/12.
La lógica de este sector es exactamente inversa a la de Ritondo.
Para los acuerdistas, el peligro es dividir el voto opositor al peronismo.
Para los autonomistas, el peligro es que el PRO gane una elección junto a Milei pero pierda su identidad y termine siendo absorbido por LLA.
Es una discusión que excede la elección de 2027.
Es una discusión sobre si el PRO seguirá existiendo como fuerza política con identidad propia.
La discusión tampoco se reduce a “acuerdo sí” o “acuerdo no”.
Los gobernadores del PRO plantean una tercera alternativa: acordar con Milei, pero conservar autonomía territorial.
Rogelio Frigerio, en Entre Ríos, aparece como uno de los dirigentes con mejor relación con el Gobierno. La Casa Rosada incluso evalúa respaldarlo en su provincia.
Ignacio Torres, en Chubut, también forma parte del grupo de gobernadores que puede dialogar con el oficialismo, aunque la relación no supone una subordinación automática.
Y Jorge Macri necesita negociar porque su principal objetivo es conservar el Gobierno porteño.
En otras palabras, los gobernadores y dirigentes territoriales pueden aceptar una convergencia nacional con Milei siempre que tengan capacidad de decisión en sus propios distritos.
El antecedente de 2025 es importante: PRO y LLA ya compartieron listas en buena parte del país y el resultado fue favorable a los libertarios. Eso alimentó la idea de que una alianza puede ser electoralmente funcional.
Pero también dejó una pregunta: ¿cuánto del electorado que antes pertenecía al PRO sigue identificándose con el PRO?
Ahí está el verdadero problema de Macri.
Por eso el episodio de Jujuy tiene una lectura que excede la cantidad de personas presentes.
Macri buscaba mostrar que todavía puede construir una estructura nacional.
Lacunza necesitaba que esa estructura sirviera como plataforma para su candidatura.
Y los acuerdistas necesitaban demostrar que el PRO conserva suficiente poder propio como para negociar con Milei desde una posición de fortaleza.
El resultado fue incómodo para todos.
Si el acto fue pequeño, como sostienen dirigentes consultados por Página/12, la imagen transmite debilidad.
Si, como argumentan desde el sector de Lacunza, era simplemente una reunión de dirigentes del NOA y no un acto masivo, tampoco alcanza para demostrar una recuperación nacional del partido.
En ambos casos queda expuesto el mismo problema: el PRO todavía no encontró la manera de demostrar cuánto poder conserva después de que Milei ocupó buena parte del espacio político que históricamente pertenecía al macrismo.
Mauricio Macri tiene ahora una dificultad que no tenía en 2015.
Entonces, el PRO necesitaba ampliar su coalición para llegar al poder.
Ahora necesita decidir si quiere preservar una fuerza política propia o ayudar a consolidar al dirigente que ocupó ese espacio.
Macri parece querer hacer ambas cosas simultáneamente.
Negocia con Karina Milei.
Envía a Ritondo y De Andreis a la Casa Rosada.
Apoya el diálogo con el Gobierno.
Pero, al mismo tiempo, permite que Lacunza camine el país como candidato presidencial y mantiene abiertas sus propias cartas.
La estrategia puede ser deliberada: conservar una alternativa propia para negociar desde una posición de fuerza.
El problema es que para negociar hace falta tener fuerza.
Y eso es precisamente lo que el acto de Jujuy puso en discusión.
El PRO enfrenta así tres caminos.
El primero es integrarse a Milei.
Es la posición de Ritondo, Santilli y De Andreis: confluir con LLA para evitar la fragmentación del electorado de derecha y centro-derecha y conservar influencia dentro del proceso de reformas.
El segundo es competir por separado.
Es la posición que expresa Lacunza y que encuentra respaldo en dirigentes como Vidal: preservar una identidad propia, presentar una alternativa republicana y evitar que el partido quede subsumido dentro del proyecto libertario.
El tercero es negociar distrito por distrito.
Es la posición pragmática de buena parte de los gobernadores y dirigentes territoriales: acordar donde conviene, competir donde sea necesario y conservar la autonomía local.
El problema es que las tres estrategias no pueden convivir indefinidamente.
Porque llega un momento en que hay que definir candidato, alianza, identidad y lista.
Y allí aparecerá la pregunta que el PRO viene postergando desde 2023:
¿Milei es la continuidad del cambio que comenzó con Macri o es el dirigente que vino a reemplazar al macrismo?
La respuesta a esa pregunta determinará mucho más que una alianza electoral.
Determinará si el PRO llega a 2027 como un socio de La Libertad Avanza, como una alternativa independiente o como el partido que alguna vez ocupó el centro de la derecha argentina y terminó siendo absorbido por su propia criatura política.
Por ahora, Macri mantiene abiertas todas las puertas.
Pero Jujuy dejó una señal incómoda: mientras el PRO discute qué hacer con Milei, Milei sigue avanzando sobre el territorio electoral que alguna vez fue de Macri.