
El peronismo tiene un problema que va mucho más allá de sus internas y de la disputa por los liderazgos: no consigue renovar sus representaciones. Cada vez que aparece la discusión sobre el futuro del movimiento, vuelve a repetirse el mismo mecanismo: el dedo de Cristina, el protagonismo de La Cámpora, los apellidos conocidos y una dirigencia que parece convencida de que la política es una herencia familiar o una sociedad cerrada entre los mismos de siempre.
El problema no es solamente quién conduce, sino quiénes tienen permitido llegar. El peronismo necesita volver a abrir sus puertas, incorporar otras experiencias y recuperar una representación social que exceda largamente a los dirigentes de aparato y a los movimientos sociales. Porque, como venimos señalando, hay una ausencia demasiado evidente de trabajadores reales, profesionales, comerciantes, emprendedores, docentes y personas que vienen de distintos ámbitos de la vida cotidiana.
La experiencia de las elecciones estadounidenses de ayer ofrece una imagen interesante para pensar este problema. El Partido Demócrata presentó y consagró candidatos que rompen con los moldes tradicionales de la política: un pastor como Adam Hamilton, un seminarista como James Talarico, un musulmán como Abdul El-Sayed, un dirigente abiertamente gay como Chris Pappas, un atleta paralímpico como Josh Turek, una pediatra como Annie Andrews y una dirigente indígena como Deb Haaland. A eso se suma el fenómeno de Zohran Mamdani en Nueva York, que también expresa la irrupción de nuevas generaciones y otras formas de construir representación.
No se trata de importar modelos ni de creer que la realidad norteamericana puede trasladarse mecánicamente a la Argentina. Se trata de entender algo mucho más sencillo: los partidos y los movimientos políticos necesitan abrirse a personas que vienen de mundos diferentes, que no hicieron toda su carrera dentro de la estructura partidaria y que tienen algo para aportar desde sus profesiones, sus experiencias y su contacto con la sociedad.
El peronismo, en cambio, parece atrapado en una endogamia cada vez más difícil de explicar. El hijo de, la esposa de, el dirigente que responde a, el candidato que bendice Cristina. Y cuando se intenta ampliar el horizonte, aparecen casi siempre los mismos intermediarios de la política y los movimientos sociales, con una representación del mundo del trabajo que sigue siendo muy limitada. No alcanza con cambiar los nombres si se mantienen los mismos mecanismos de selección.
La renovación no puede ser una operación de marketing ni una pelea por ver quién hereda el sello. Necesita oxigenación, dirigentes nuevos y, sobre todo, una recuperación de los valores históricos del movimiento: el trabajo, la movilidad social, la producción, la educación y la cultura del esfuerzo.
Hay un hartazgo con las castas políticas, pero también con las castas familiares y partidarias que parecen haberse apropiado de las organizaciones. Si el peronismo quiere volver a representar a las mayorías, tendrá que dejar de mirarse el ombligo, abandonar la lógica del dedo y animarse a convocar a quienes hoy no encuentran un lugar en su estructura. Porque ningún movimiento puede renovarse si sus puertas siguen abiertas solamente para los que ya están adentro.