Lo que hasta hace poco era presentado como un equipo compacto y homogéneo hoy muestra fisuras cada vez más visibles. El gabinete de Axel Kicillof atraviesa una interna que ya no puede disimularse y que empieza a tener implicancias políticas más profundas que una simple disputa de egos.
El conflicto que expuso la crisis es el enfrentamiento entre Carlos Bianco y Andrés Larroque. No es una pelea menor: detrás de la discusión por áreas y atribuciones se esconde una puja por el control político del territorio y por la construcción del liderazgo futuro del peronismo bonaerense.
La fractura interna: política vs. técnica
Desde el inicio de su gestión, Kicillof estructuró su gobierno en dos grandes núcleos:
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El ala política, con fuerte anclaje territorial y vínculos con el peronismo tradicional y La Cámpora.
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El ala técnica, integrada por economistas y funcionarios formados en la academia, muchos de ellos provenientes de su etapa en el Ministerio de Economía nacional.
Hoy esa convivencia se volvió fricción. Bianco, que fue el armador político y hombre de confianza del gobernador, parece disputar centralidad frente a ministros como Augusto Costa y Pablo López, exponentes del núcleo técnico.
La discusión ya no es solo administrativa. Es estratégica: ¿quién conduce políticamente el proyecto de Kicillof?
El trasfondo: liderazgo en crisis
El conflicto no puede analizarse aislado del contexto más amplio. El peronismo atraviesa una crisis de liderazgo a nivel nacional. La figura de Cristina Fernández de Kirchner ya no ordena como antes, y el propio Kicillof intenta posicionarse como referencia del espacio.
Pero para proyectarse a 2027 necesita algo que hoy no está garantizado: autoridad interna. Y cuando un gobernador no logra disciplinar a su propio gabinete, el mensaje hacia afuera es claro: el liderazgo está en disputa.
Las tensiones entre Bianco y Larroque no son solo personales; representan dos formas de entender el poder. Larroque expresa el músculo militante y territorial. Bianco, la mesa chica del gobernador. Y ambos compiten por ser el canal privilegiado de acceso a Kicillof.
El impacto electoral
En términos electorales, esta dinámica tiene riesgos evidentes:
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Debilita la imagen de cohesión en un momento en que el oficialismo necesita mostrar orden frente a un escenario nacional adverso.
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Desgasta la gestión, porque la energía se consume en internas en lugar de resultados.
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Abre espacio a la oposición, que encuentra en estas fracturas argumentos para cuestionar la capacidad de gobierno.
Si el proyecto político de Kicillof aspira a trascender la provincia y convertirse en alternativa nacional, necesita disciplina interna y claridad estratégica. Un gabinete convertido en “conventillo” proyecta exactamente lo contrario: improvisación y fragmentación.
2027 empieza ahora
Toda interna de gestión tiene lectura electoral. La verdadera pregunta no es si Bianco y Larroque se pelean. La pregunta es si Kicillof puede ordenar esa disputa sin quedar rehén de ella.
Porque en política, cuando el conflicto se vuelve público y persistente, el problema ya no es administrativo: es de conducción.
Y en el peronismo, la conducción lo es todo.