El frigorífico de Moreno: una película de terror que ya vimos

El frigorífico de Moreno: una película de terror que ya vimos

El frigorífico de Moreno: una película de terror que ya vimos
Por: Hugo Goldstein


Doce cuadras de cola para dejar un currículum en un frigorífico de Moreno. Hombres y mujeres esperando durante horas bajo el frío, buscando apenas una oportunidad para trabajar. La escena golpea porque remite automáticamente a una de las imágenes más dolorosas de la Argentina contemporánea: los años noventa y la crisis terminal que explotó en 2001.

No es una exageración ni una metáfora militante. Son imágenes que cualquier argentino mayor de 35 años reconoce instantáneamente. Las colas eternas para entrar a una fábrica, los avisos clasificados marcados con birome, las agencias de empleo repletas, la humillación de competir con miles de personas por un puesto mal pago. Esa Argentina parecía haber quedado atrás después de la recuperación económica que comenzó entre 2003 y 2005, cuando el problema dejó de ser la inexistencia absoluta de empleo y pasó a discutirse la calidad del trabajo, la informalidad o la inflación.

Pero hoy empieza a aparecer algo distinto y más peligroso: la combinación explosiva entre destrucción de empleo y salarios pulverizados. Y esa mezcla es socialmente tóxica.

Durante muchos años, incluso en crisis económicas severas, la Argentina mantuvo cierto nivel de consumo interno gracias a salarios que, mejores o peores, permitían mover la economía. Hoy ocurre lo contrario. El ajuste brutal aplicado por el gobierno de Javier Milei, bajo el diseño económico de Luis Caputo, produjo una recesión profunda que destruyó actividad económica a una velocidad feroz.

La teoría ortodoxa extrema sostiene que primero hay que destruir para después reconstruir. Que el sufrimiento social es un “costo necesario” para estabilizar la macroeconomía. El problema es que la economía no funciona en el vacío. Cuando se destruye el consumo, se paraliza la industria, se frena el comercio y se desploma la construcción, las empresas dejan de contratar y empiezan a despedir.

Lo que pasó en Moreno no es una anécdota viral. Es un síntoma.

Porque cuando doce cuadras de personas hacen fila por un empleo en un frigorífico, lo que aparece es el verdadero termómetro de la economía real, muy lejos de los festejos financieros o de los gráficos verdes en redes sociales. Ahí se ve la desesperación de una clase trabajadora que siente que puede quedarse afuera del sistema.

La historia económica argentina ya mostró este mecanismo. En los noventa, el modelo de convertibilidad de Domingo Cavallo logró bajar la inflación, pero al costo de destruir enormes sectores productivos. El dólar barato hizo estallar importaciones, cerraron fábricas y el desempleo llegó a niveles récord. La estabilidad monetaria convivía con una sociedad cada vez más expulsiva.

Hoy incluso resulta irónico observar la disputa pública entre Cavallo y Caputo. El ex ministro critica aspectos técnicos del programa libertario mientras el actual equipo económico intenta despegarse de cualquier comparación con los noventa. Sin embargo, la postal social empieza a parecerse demasiado.

Con una diferencia importante: en los años noventa todavía existía cierto acceso al crédito, capacidad de consumo de sectores medios y expectativa de progreso individual. La Argentina actual viene golpeada de décadas de deterioro. Hay trabajadores formales que no llegan a fin de mes, profesionales que cayeron en la pobreza y jóvenes que directamente naturalizaron vivir peor que sus padres.

Desde una mirada económica heterodoxa, el problema central del programa actual es que destruye demanda agregada de manera simultánea en todos los sectores. El Estado ajusta, las provincias ajustan, las familias ajustan y las empresas frenan inversiones. No queda un motor compensando la caída.

La ortodoxia más extrema suele asumir que el mercado acomoda automáticamente los desequilibrios. Pero en países periféricos como Argentina, con baja industrialización y alta fragilidad social, las recesiones profundas no generan eficiencia: generan exclusión.

Además, el esquema económico de Caputo presenta una contradicción delicada. Mientras se exige sacrificio social en nombre del equilibrio fiscal, se sostiene una política financiera muy favorable para sectores especulativos, con tasas altas y fuerte dependencia de capitales financieros de corto plazo. Es un modelo que premia la bicicleta financiera mientras castiga la economía productiva.

Por eso las imágenes de Moreno impactan tanto. Porque rompen el relato abstracto de la macroeconomía estabilizada y muestran la dimensión humana del ajuste.

Cada una de esas personas en la fila representa algo más que un desempleado: representa miedo social. El miedo a no llegar, a caer, a sobrar.

Y cuando una sociedad empieza a acostumbrarse nuevamente a las colas interminables para conseguir trabajo, significa que la crisis dejó de ser una discusión técnica entre economistas para transformarse en una experiencia cotidiana. Una película de terror que la Argentina ya vio demasiadas veces.

 

Publicado el: 2026-05-07