El circo sin pan del Javo

El circo sin pan del Javo

El circo sin pan del Javo
Por: Pablo López


La Argentina atraviesa uno de esos momentos donde la realidad duele todos los días. Empresas que bajan la persiana, trabajadores que pierden su empleo, changas que desaparecen y salarios que no alcanzan. Hoy, la mitad de los argentinos vive con menos de 800 mil pesos mensuales, una cifra que ya ni siquiera permite cubrir lo básico. El esfuerzo dejó de ser una garantía de progreso para convertirse apenas en una herramienta de supervivencia.

En medio de ese escenario, hasta hace poco había un personaje que parecía sacado de un circo: un vocero que ridiculizaba a los despedidos del Estado tratándolos de “ñoquis”, que celebraba supuestos ahorros millonarios para las arcas públicas mientras el ajuste caía siempre sobre los mismos. Ese vocero era Manuel Adorni, hoy envuelto en explicaciones que hacen agua por todos lados.

Porque mientras se le pedía sacrificio a la sociedad, algunos funcionarios parecen haber sido alcanzados por una repentina “buena racha”. La propia escribana Nechevenko no pudo ocultar la sorpresa al explicar cómo Adorni pasó años sin adquirir propiedades y, de golpe, concretó tres operaciones en apenas dos años: “Le agarró la buena de golpe”. Una frase que, más que aclarar, desnuda el problema.

Pero no es un caso aislado. A varios funcionarios también “les vino la buena”. El escándalo de los créditos hipotecarios del Banco Nación suma capítulos, con el foco puesto en Federico Furiase, secretario de Finanzas, quien habría utilizado un préstamo destinado a vivienda para adquirir una tercera propiedad en un exclusivo country. Una casa de 300 mil dólares, pileta incluida, en un país donde millones ni siquiera pueden acceder a su primera vivienda.

Y mientras tanto, jóvenes como Sharif Menen —24 años, un único trabajo en blanco— representan la otra cara de la moneda: la de quienes quedan afuera de todo sistema de crédito, la de quienes ven cómo las reglas parecen cambiar según quién las use. Esa desigualdad no necesita demasiada explicación: la gente la entiende, la vive, la sufre.

En paralelo, el presidente Javier Milei suma otro frente de conflicto: su relación con el periodismo. Su ataque contra Manu Jove, a quien calificó como “basura humana” y “estúpido”, marca un nivel de agresión pocas veces visto desde la investidura presidencial. No se trata solo de un exabrupto: es una estrategia discursiva que busca desacreditar cualquier voz crítica.

Lo más llamativo no es solo la violencia del mensaje, sino el silencio cómplice de muchos colegas. Periodistas que durante años se autopercibieron como independientes hoy parecen mirar para otro lado. Algunos incluso dieron el salto a la política partidaria, integrando listas o acercándose al poder, como ocurrió en tiempos de Mauricio Macri, o bajo la influencia de figuras como Jorge Lanata, quien supo marcar agenda durante años.

El propio Milei fue más allá al afirmar que “el 95% de los periodistas son corruptos”. Una acusación gravísima que, de ser cierta, debería traducirse en denuncias judiciales concretas. Pero no ocurre. Entonces la pregunta es inevitable: ¿quiénes integran ese supuesto 5% honesto? ¿Los entrevistadores complacientes que no repreguntan? ¿Los que justifican cada tropiezo como parte de una épica contra el “establishment”?

Mientras tanto, el relato oficial insiste en ubicar a empresarios como Paolo Rocca o a factores externos como responsables de los problemas económicos, como si los errores propios —los escándalos, las contradicciones, las decisiones inconsistentes— no tuvieran peso.

Incluso figuras opositoras como Cristina Fernández de Kirchner siguen ocupando el centro de la escena mediática, muchas veces como recurso para desviar la atención de los problemas actuales. La grieta, lejos de cerrarse, se utiliza como herramienta permanente de distracción.

Así, la Argentina de hoy parece un espectáculo donde sobran las peleas, los insultos y las puestas en escena, pero falta lo esencial: soluciones concretas para la vida cotidiana. Un país donde el circo está garantizado, pero el pan cada vez escasea más.

El problema es que, a diferencia de un show, acá no hay espectadores: todos estamos arriba del escenario.

 

Publicado el: 2026-04-09