El chico que quería ser casta

El chico que quería ser casta

El chico que quería ser casta
Por: Pablo López


Por estos días, el nombre de Manuel Adorni aparece todos los días en la escena política argentina. Durante meses construyó una imagen de cruzado contra la “casta”, el funcionario que venía a terminar con los privilegios del Estado y a denunciar a quienes vivían —según su propio lenguaje— “de la nuestra”. Pero la historia del propio Adorni parece contar algo bastante distinto: la de un hombre que pasó años criticando aquello que, una vez que llegó al poder, comenzó a disfrutar.

Adorni llegó a la política nacional como vocero del gobierno de Javier Milei. Su estilo confrontativo lo convirtió rápidamente en una figura mediática: conferencias de prensa con tono burlón, descalificaciones a empleados estatales y la repetición permanente de un concepto que el mileísmo convirtió en bandera: los “ñoquis” del Estado. La narrativa era clara. El país estaba quebrado por culpa de una burocracia parasitaria y la nueva gestión venía a terminar con esos privilegios.

Sin embargo, detrás del personaje televisivo hay una biografía bastante más terrenal.

Adorni tardó cerca de quince años en recibirse de contador público. Un recorrido académico que distó mucho del perfil meritocrático que luego intentó exhibir desde el poder. Durante su etapa en el sector privado también protagonizó una demanda laboral contra una empresa automotriz para la que trabajaba, reclamando que parte de su salario era pagado “en negro”. El conflicto terminó en una conciliación judicial con un pago que rondó los 60 mil dólares.

No hay nada ilegal en litigar por derechos laborales. Pero el contraste es inevitable cuando quien lo hizo se transforma, años después, en uno de los principales predicadores contra la llamada “industria del juicio laboral”.

La metamorfosis política de Adorni fue veloz. De comentarista económico en televisión pasó a ser uno de los rostros más visibles del gobierno libertario. Y con ese salto llegó también el cambio de vida.

El funcionario que denunciaba los privilegios de la política comenzó a moverse en circuitos muy distintos a los que criticaba. Durante la gira presidencial en Estados Unidos, por ejemplo, se desató una fuerte polémica cuando se supo que su esposa había viajado en la comitiva oficial y que ambos se alojaban en hoteles de lujo en Nueva York, con tarifas que pueden superar los mil dólares por noche.

Las críticas no tardaron en aparecer. La oposición lo acusó de incurrir en prácticas que el propio gobierno había prometido erradicar: el uso de recursos del Estado para fines personales y la ampliación de comitivas oficiales.

Pero quizás el rasgo más contradictorio de la historia de Adorni sea el fenómeno más viejo de la política argentina: los parientes en el Estado. Mientras el gobierno impulsaba un discurso de recorte y denunciaba la supuesta “grasa militante”, distintos nombramientos vinculados a familiares del funcionario comenzaron a generar ruido en la discusión pública.

La pregunta inevitable es si el problema de la casta era realmente la casta… o simplemente quién ocupaba esos lugares.

La política argentina está llena de personajes que llegan prometiendo destruir el sistema y terminan adaptándose a él. Adorni, que construyó su identidad política denunciando privilegios, parece recorrer el mismo camino que tantos otros antes que él: el de descubrir que el poder no sólo se critica, también se disfruta.

Tal vez por eso la historia del vocero libertario podría resumirse en una frase sencilla.

No era el chico que quería terminar con la casta.
Era el chico que quería ser parte de ella.

 

Publicado el: 2026-03-16