El ajuste infinito: el riesgo de una economía atrapada en la motosierra

El ajuste infinito: el riesgo de una economía atrapada en la motosierra

El ajuste infinito: el riesgo de una economía atrapada en la motosierra
Por: Hugo Goldstein


El gobierno de Javier Milei volvió a anunciar nuevos recortes ante la caída de la recaudación fiscal. La lógica oficial es simple: si entra menos dinero al Estado, el gasto debe seguir bajando para sostener el superávit. El problema es que esa estrategia puede terminar convirtiéndose en una trampa económica y social de la que sea cada vez más difícil salir.

La economía argentina ya muestra señales claras de agotamiento. El consumo sigue deprimido, las pequeñas y medianas empresas trabajan con niveles mínimos de actividad y el mercado interno está golpeado por salarios que perdieron poder adquisitivo. En ese contexto, cada nuevo ajuste no solo reduce el gasto estatal: también enfría todavía más la economía real.

Cuando el Estado recorta obra pública, transferencias, salarios, jubilaciones o programas, automáticamente cae la circulación de dinero. Menos dinero en la calle significa menos ventas para los comercios, menos producción para las fábricas y menos empleo. Y cuando la actividad económica cae, también cae la recaudación de impuestos como IVA, Ingresos Brutos o Ganancias. Ahí aparece el círculo vicioso: la baja de recaudación obliga a un nuevo ajuste, ese ajuste vuelve a hundir la actividad y la recaudación vuelve a caer.

Es un mecanismo que Argentina ya vivió en distintas etapas de su historia. Ocurrió en los años noventa con la convertibilidad, cuando el ajuste permanente terminó destruyendo el aparato productivo y multiplicando el desempleo. También se vio durante el gobierno de Fernando de la Rúa, cuando cada recorte exigido para “tranquilizar a los mercados” terminaba empeorando la situación económica y social hasta desembocar en la crisis de 2001.

La gran diferencia es que hoy el gobierno intenta sostener políticamente el ajuste con un discurso épico y confrontativo, presentándolo como una batalla moral contra “la casta”. Pero la economía real no responde a consignas ideológicas. Responde al consumo, al empleo, al crédito y a la confianza social. Y si la población siente que cada mes vive peor, llega un momento en el que el relato deja de alcanzar.

El problema de fondo es que el modelo de Milei apuesta casi exclusivamente al equilibrio fiscal, pero sin un plan claro de desarrollo productivo. No hay señales de recuperación industrial fuerte, tampoco una expansión del mercado interno ni un esquema que permita recomponer ingresos. La estabilización basada únicamente en la recesión tiene un límite: llega un punto donde la economía deja de generar recursos suficientes incluso para sostener el propio equilibrio que el gobierno busca defender.

Mientras tanto, las provincias empiezan a sufrir el derrumbe de recursos coparticipables, los municipios sienten la caída del consumo local y sectores enteros de clase media comienzan a achicar gastos básicos. La situación puede sostenerse durante un tiempo gracias al respaldo financiero externo y al apoyo de sectores que priorizan la baja de la inflación. Pero si la recesión se profundiza, el deterioro social puede acelerarse de manera peligrosa.

La historia argentina demuestra que ningún programa económico basado exclusivamente en el ajuste permanente logró estabilidad duradera. Porque llega un momento donde la sociedad deja de tener margen para seguir absorbiendo pérdidas. Y cuando el consumo, el empleo y la recaudación caen al mismo tiempo, el ajuste deja de ser una solución para convertirse en el combustible de la próxima crisis.

El riesgo es justamente ese: entrar en un loop interminable donde cada recorte genera más recesión, más caída de ingresos fiscales y la necesidad de un nuevo ajuste todavía más duro. Una dinámica que puede terminar no en el equilibrio prometido, sino en un estallido económico y social de magnitud impredecible.

Publicado el: 2026-05-13