De la criptocracia a la crotocracia

De la criptocracia a la crotocracia

De la criptocracia a la crotocracia
Por: Hugo Goldstein


La palabra “criptocracia” viene del griego kryptós —oculto— y krátos —poder—. Literalmente significa “gobierno secreto” o “poder oculto”. Se utiliza para describir sistemas donde las decisiones reales no las toman necesariamente los dirigentes visibles, sino grupos de influencia, corporaciones, élites económicas o estructuras que operan detrás de escena.

Durante años, muchos argentinos sintieron que el país funcionaba así. Gobiernos que cambiaban, discursos que se enfrentaban, pero siempre con la sospecha de que el verdadero poder estaba en otro lado: sectores financieros, grupos económicos, operadores, consultores, organismos internacionales o redes políticas que condicionaban la vida cotidiana desde las sombras.

Pero mientras se discutía quién manejaba realmente el poder, en la calle empezó a aparecer otro fenómeno mucho más visible y brutal: la “crotocracia”.

No como término académico, sino como descripción de un deterioro social evidente. Una Argentina donde la decadencia económica ya no sólo aparece en índices de pobreza o estadísticas oficiales, sino directamente en la apariencia cotidiana de la sociedad.

Hoy alcanza con recorrer Buenos Aires o cualquier ciudad del conurbano para notar algo que hace años no era tan marcado: la gente está cada vez peor vestida. Zapatillas destruidas, camperas viejas, ropa gastada, prendas usadas hasta el límite. Muchísima gente directamente dejó de comprar ropa porque no puede hacerlo.

Y eso en la Argentina tiene un significado profundo.

Porque el argentino históricamente se caracterizó por cierta cultura del cuidado personal. Aun en contextos difíciles existía la idea de “estar presentable”. El trabajador podía hacer esfuerzos enormes para comprarse unas zapatillas nuevas, una camisa o un jean para salir. Había orgullo en la apariencia, una noción de dignidad ligada a verse bien.

Hoy esa lógica parece quebrarse.

La prioridad pasó a ser sobrevivir. Comer, pagar servicios, sostener un alquiler o simplemente llegar a fin de mes. La ropa quedó relegada a un lujo secundario. Y cuando una sociedad empieza incluso a resignar aquello que le daba autoestima cotidiana, el deterioro deja de ser solamente económico para convertirse en algo cultural.

El problema no termina en la vestimenta. También crece de manera alarmante la cantidad de personas en situación de calle y el consumo problemático de drogas. En la Capital Federal cada vez es más común ver gente durmiendo en veredas, plazas y estaciones. Organizaciones sociales y relevamientos oficiales muestran un aumento sostenido de personas sin hogar. Pero el fenómeno también golpea fuerte en el conurbano, donde muchas veces la marginalidad queda menos expuesta mediáticamente aunque sea más profunda.

Se multiplican las escenas de personas destruidas por las drogas, jóvenes completamente perdidos, adultos abandonados y familias enteras viviendo en condiciones extremas. El deterioro urbano empieza a naturalizarse. Lo que antes impactaba, hoy forma parte del paisaje cotidiano.

Ahí aparece la idea de “crotocracia”: una sociedad donde el empobrecimiento se refleja incluso en la imagen general de la población. Donde la decadencia deja de ser una excepción y se vuelve normalidad.

Mientras tanto, gran parte de la dirigencia política sigue atrapada en internas, operaciones, disputas de aparato y peleas de poder muchas veces alejadas de la vida real de la gente. Oficialismo y oposición discuten cargos, liderazgos y estrategias electorales mientras en la calle crece una sensación de abandono social cada vez más visible.

La criptocracia hablaba del poder oculto. La crotocracia habla del deterioro expuesto.

Y quizás ese sea el dato más alarmante de todos: cuando una sociedad empieza a resignarse a verse peor, también empieza lentamente a resignarse a vivir peor.

Publicado el: 2026-05-19