
Esta semana se hizo visible algo que ya se palpaba en las calles, en las conversaciones cotidianas y, especialmente, en los ámbitos militantes del peronismo: una rebelión digital que expresa un hartazgo mucho más profundo.
Y ese hartazgo no es solamente contra Javier Milei ni contra las políticas del Gobierno. Una parte importante de la sociedad que alguna vez acompañó al peronismo está cansada de lo mismo que también cansó a una enorme porción de argentinos que piensan exactamente en las antípodas: La Cámpora, el personalismo y la conducción de Cristina Fernández de Kirchner.
No es una novedad para quienes recorren barrios, sindicatos, organizaciones sociales o simplemente hablan con gente que alguna vez votó al peronismo. Lo nuevo es que ese malestar empezó a expresarse sin demasiados filtros.
Y las respuestas de algunos dirigentes terminaron de encender la mecha.
Las intervenciones de Lucía Cámpora y Mayra Mendoza, lejos de desactivar la discusión, mostraron una soberbia que terminó funcionando como combustible. Especialmente aquella chicana de Cámpora sobre quedarse sin datos, lanzada en medio de una discusión política donde buena parte de la población está haciendo malabares para llegar a fin de mes.
El problema no es una cuestión semántica. El problema es lo que esa frase representa. Hay argentinos que no tienen datos porque no pueden pagarlos. Hay trabajadores que salen de sus casas contando las monedas para cargar la SUBE, que viajan hacinados, que cobran salarios que pierden contra el costo de vida y que llegan a fin de mes con la calculadora en la mano.
Hay gente que literalmente está viviendo una situación económica en la que quedarse sin datos puede ser un problema menor frente a quedarse sin plata para comer, viajar o pagar una factura.
Chicanear con eso desde una posición de privilegio político es mucho más que un error de comunicación.
Es una muestra de desconexión.
Y esa desconexión es una de las razones por las cuales el peronismo viene perdiendo votos. El problema no empezó con Milei. Sería demasiado cómodo atribuir todos los males del peronismo a Javier Milei.
La historia es bastante más larga.
La segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner dejó enormes problemas económicos y políticos que el peronismo nunca terminó de procesar. Pero además hay algo que muchos militantes y dirigentes tampoco olvidan: la decisión de sectores del camporismo de apostar políticamente a una derrota electoral que permitiera "volver mejores".
El problema fue que el regreso se produjo después de cuatro años de Mauricio Macri. Y el país pagó un costo enorme.Después vino Alberto Fernández. Y ahí el problema se volvió todavía más evidente.
Un gobierno en el que buena parte del kirchnerismo tuvo responsabilidades centrales, manejó áreas estratégicas y administró algunas de las cajas más importantes del Estado, pero al mismo tiempo terminó convirtiéndose en una suerte de gobierno ajeno para quienes formaban parte de él.
El resultado fue devastador.
El peronismo llegó a 2023 sin gobierno, sin autoridad moral, sin una explicación convincente sobre lo que había ocurrido y con una sociedad que decidió probar cualquier otra alternativa antes que repetir la experiencia.
Ese "cualquier otra alternativa" terminó siendo Milei.
Y aquí aparece la discusión actual.
Porque Axel Kicillof representa hoy una posibilidad concreta de reconstrucción electoral del peronismo.
No estamos diciendo que Kicillof sea la solución mágica.
Tampoco que haya que convertirlo en el nuevo líder indiscutido del movimiento.
Mucho menos que el peronismo tenga que resignarse a elegir entre Kicillof o la nada.
Venimos sosteniendo exactamente lo contrario: el peronismo necesita recuperar su doctrina original y actualizarla para el siglo XXI, y necesita construir una dirigencia que esté a la altura de esa doctrina.
Pero la política también es coyuntura.
Y en la coyuntura actual, guste o no, Kicillof aparece como una de las pocas figuras con capacidad real para competir por fuera del núcleo más duro del kirchnerismo. Por eso resulta llamativo el esfuerzo de algunos sectores por instalar una especie de "cualquiera menos Kicillof".
El gobernador sabe perfectamente que si se deja condicionar por Cristina y por los sectores que todavía consideran que el kirchnerismo debe funcionar como una estructura vertical, corre el riesgo de terminar como Alberto Fernández.
Y también sabe que la dependencia política tiene un precio.
El problema es que todavía no parece dispuesto a pagarlo.
Hay funcionarios y ministros identificados con el cristinismo que continúan formando parte de su gobierno. Algunos le responden políticamente a Cristina antes que al propio gobernador.
Y sin embargo siguen allí.
Kicillof paga el costo político de tenerlos.
Y mientras no se anime a echarlos, la pregunta seguirá siendo inevitable:
¿quién conduce la provincia de Buenos Aires?
Y, en esa concepción, Kicillof es un dirigente que llegó hasta donde llegó porque ella lo impulsó.
De allí surge una tensión inevitable.
¿Puede Cristina aceptar competir dentro del mismo espacio político que Kicillof si ella no es la conductora?
¿Puede aceptar que el gobernador construya autonomía política?
¿Puede aceptar que una nueva generación de dirigentes empiece a discutirle el liderazgo?
La respuesta a esas preguntas será determinante.
Porque si Cristina decide que solamente existe peronismo allí donde existe conducción cristinista, el riesgo de una ruptura electoral será enorme.
Y ahí aparece una paradoja histórica.
Mientras algunos sectores parecen decididos a bloquear a Kicillof, comienzan a aparecer señales de que Sergio Massa vuelve a ocupar un lugar en la conversación.
Sus comunicadores comenzaron a instalarlo nuevamente y dirigentes como la senadora Juliana Di Tullio llegaron a destacar el rol de Sergio Tomás Massa en el diálogo con gobernadores peronistas del norte para frenar los capítulos de tierras y manejo del fuego.
Perfecto.
Felicitaciones para Massa.
Pero una cosa es reconocer una operación política exitosa y otra muy distinta es creer que eso alcanza para convertirlo en la renovación del peronismo.
Massa tiene un problema enorme: su imagen negativa sigue siendo altísima, y su figura quedó asociada a la última etapa económica del gobierno de Alberto Fernández.
Fue ministro de Economía en una Argentina que terminó con una inflación descontrolada y con una crisis que abrió las puertas al triunfo de Milei.
No parece, por lo tanto, la renovación que una parte importante del peronismo está reclamando.
Puede ser un dirigente importante.
Puede tener capacidad de negociación.
Puede conservar vínculos con gobernadores, empresarios y sectores del establishment.
Pero difícilmente pueda representar, por sí solo, la idea de renovación.
Y aquí aparece una comparación histórica que el peronismo debería mirar con atención.
En 1985, el peronismo llegó dividido a las elecciones legislativas. Por un lado estaba el sector encabezado por Herminio Iglesias. Por otro, la renovación liderada por Antonio Cafiero.
La UCR de Raúl Alfonsín ganó aquellas elecciones.
Pero la historia no terminó allí.
Una parte importante del peronismo entendió que el futuro estaba en la renovación y comenzó a abandonar el viejo esquema.
Cafiero terminó imponiéndose dentro del partido.
La enseñanza no es que Kicillof sea Cafiero.
La enseñanza es otra:
Cuando una fuerza política entra en crisis, la renovación suele imponerse no porque todos sus dirigentes la quieran, sino porque una parte de su propia base comienza a reclamarla.
Eso es lo que hoy debería preocupar al kirchnerismo.
Porque puede ocurrir que una parte importante del electorado peronista no quiera abandonar al peronismo.
Quiera abandonar al kirchnerismo.
Y son dos cosas completamente diferentes.
La expresidenta tiene todavía una enorme capacidad de liderazgo sobre un sector del peronismo.
Pero también tiene una responsabilidad histórica.
Si decide competir por afuera, si decide romper para impedir que Kicillof construya autonomía, puede producir exactamente el resultado que más debería querer evitar: la reelección de Milei o una nueva victoria libertaria.
Y en ese escenario hay algo todavía más peligroso para Cristina.
Es posible que Kicillof obtenga más votos que la estructura cristinista.
Y si eso ocurre, la consecuencia política será brutal.
Porque el peronismo podría comprobar electoralmente que existe vida después del kirchnerismo.
La comparación con 1985 volvería a cobrar sentido.
No porque la historia se repita exactamente, sino porque las fuerzas políticas también tienen ciclos de agotamiento.
Por eso la sensación que dejó esta semana puede resumirse en una frase:
"Cualquiera menos Kicillof".
Cualquiera.
Massa.
Otro candidato.
Otra interna.
Otra candidatura testimonial.
Otra maniobra para conservar el control.
Otra discusión sobre quién tiene el sello, quién maneja el aparato, quién arma las listas y quién se queda con la conducción.
Todo menos aceptar que quizás haya llegado la hora de discutir seriamente una renovación.
Pero el problema es que la sociedad no está obligada a esperar.
Mientras el peronismo discute sus liderazgos, la gente discute cómo llegar a fin de mes.
Mientras algunos dirigentes hacen chistes sobre los datos del celular, millones de argentinos hacen cuentas para pagar el transporte.
Mientras se pelea por el control de una estructura partidaria, miles de votantes peronistas ya están probando otras opciones.
Y ese es el verdadero peligro.
No que Kicillof sea o no sea el candidato.
El verdadero peligro es que el peronismo siga creyendo que el problema es encontrar un candidato cuando, en realidad, todavía no encontró una respuesta para la Argentina que viene.
Primero debe recuperar su doctrina.
Después, actualizarla.
Después, construir una dirigencia capaz de representarla.
Y recién entonces discutir nombres.
Pero si Cristina decide que el único futuro posible es el que pasa por ella, si La Cámpora insiste en hablarle a la sociedad desde la soberbia y si el peronismo vuelve a encerrarse en la lógica de los mismos de siempre, puede terminar ocurriendo algo que hoy muchos todavía se niegan a admitir:
Milei puede volver a ganar no porque haya convencido a todos, sino porque el peronismo volvió a convencer a demasiados de que no tiene nada nuevo para ofrecer.
Y esa sería la peor derrota de todas.