Cristina y Janones: la batalla cultural pendiente

Cristina y Janones: la batalla cultural pendiente

Cristina y Janones: la batalla cultural pendiente
Por: Pablo López


Cristina Kirchner recibió este lunes al diputado brasileño André Janones, impulsor de una estructura digital que reunió a más de diez millones de simpatizantes de Lula da Silva y fue clave para la histórica remontada del candidato del PT, que logró la reelección. Previamente, el creador del “Ejército de Lula” se reunió con Sergio Massa.

El encuentro se dio horas después de que la exPresidenta ratificara que no descarta ser canidata, durante una entrevista que brindó al Washington Post.

La reunión se realizó este lunes en el domicilio de San José 1111, donde CFK cumple su prisión domiciliaria. También participaron los estrategas de comunicación Chico Kertész y Rafael Marroquim, quienes integraron el equipo de campaña del mandatario brasileño.

Si bien no trascendieron detalles de la reunión, la comunicación política, la organización territorial, la participación juvenil y el uso de las redes sociales para disputar la conversación pública estuvieron en el centro de la conversación.

 

Quien es Janones

 

"El General", es el apodo de André Luis Gaspar Janones, un abogado y diputado federal brasileño. El propio presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, lo bautizó de esa manera. De origen humilde, trabajó como cobrador de colectivos antes de graduarse como abogado. Se hizo muy popular defendiendo de forma gratuita a usuarios del sistema público de salud (SUS).

Ganó protagonismo digital masivo durante la huelga de camioneros de Brasil en 2018 y la pandemia. Es diputado federal por el estado de Minas Gerais desde 2019.

Su enfoque político —plasmado en su libro Janonismo Cultural (2023)— defiende que la comunicación en redes debe ser agresiva, rápida y de lenguaje popular para competir de igual a igual en la era de la posverdad

Su estrategia consistió en responder a los ataques digitales del bolsonarismo con la misma velocidad, instalando tendencias en tiempo real y coordinando "misiones diarias" para los militantes.

Reapropiación de símbolos nacionales: Diseñó tácticas para que los simpatizantes de izquierda volvieran a usar el color amarillo y la camiseta de la selección de fútbol de Brasil, símbolos que habían sido históricamente captados por la derecha.

 

La batalla cultural del kirchnerismo

 

La reunión de Cristina Kirchner con André Janones abre un interrogante que el kirchnerismo arrastra desde hace años: ¿puede renovar su comunicación política sin revisar primero los errores que lo llevaron a hablar cada vez más para los propios? La experiencia de 6, 7, 8 debería funcionar como una advertencia. Aquel programa se convirtió en un símbolo de la comunicación oficialista, pero terminó encerrado en una lógica de confrontación permanente, con escaso espacio para las voces disidentes y una audiencia que encontraba allí la confirmación de sus propias convicciones. El problema no fue solamente televisivo: fue una concepción de la política que confundió ganar discusiones dentro de una tribuna con convencer a quienes estaban afuera.

El kirchnerismo construyó durante años una batalla cultural con códigos, personajes y consignas reconocibles, pero muchas veces perdió de vista algo elemental: el sentido común de la gente. Una familia que no llega a fin de mes, un trabajador preocupado por el salario, un comerciante que no puede pagar los impuestos o un jubilado que hace cuentas para comprar medicamentos no necesariamente quiere recibir una clase de teoría política ni escuchar una explicación solemne sobre la derecha. Quiere que alguien entienda lo que le pasa. Esa distancia entre el lenguaje de la militancia y las preocupaciones cotidianas es uno de los problemas que una estrategia digital, por más sofisticada que sea, no puede resolver por sí sola.

Si el flamante ejército digital kirchnerista termina convertido en una maquinaria para distribuir mensajes solemnes de Cynthia García, reflexiones de Horacio Verbitsky o intervenciones de Víctor Hugo Morales, habrá cambiado la plataforma, pero no la lógica. El WhatsApp reemplazará a la pantalla de la televisión pública, los militantes compartirán contenidos en lugar de sentarse frente a 6, 7, 8 y la estructura tendrá otros números, pero el destinatario seguirá siendo el mismo: el convencido. La batalla cultural no consiste en conseguir que diez mil personas repitan una consigna, sino en encontrar una manera de conversar con millones que no necesariamente piensan como uno.

Hay, además, un contraste interesante en la propia figura de Janones. Antes de convertirse en diputado y estratega digital, trabajó como cobrador de colectivos para poder estudiar Derecho y luego ejerció la abogacía. Su trayectoria tiene un anclaje concreto en el mundo del trabajo, en una experiencia social que no se adquiere en una unidad básica ni en una reunión de dirigentes. En buena parte de la dirigencia kirchnerista actual, en cambio, la representación parece haberse desplazado hacia dos extremos: los profesionales de la política, habituados a la rosca y a las disputas de poder, y determinados referentes de organizaciones sociales cuya representación popular suele ser cuestionada por sus críticos, que los describen como gerentes de la pobreza. Juan Grabois es una de las figuras más visibles de ese universo. El problema no es la existencia de dirigentes sociales, sino la ausencia de una representación más amplia y cotidiana del trabajador que vive de un salario, del empleado que teme perder su empleo y del pequeño comerciante que intenta sostener su negocio.

Janones puede aportar herramientas, velocidad, organización y conocimiento del funcionamiento de las redes. Pero difícilmente pueda importar una identidad social que la política argentina necesita reconstruir desde adentro. Su historia personal puede ser un activo comunicacional, aunque no alcanza con exhibirla: hay que recuperar una agenda donde el trabajo, los ingresos, la movilidad social y las aspiraciones de la clase media vuelvan a ocupar un lugar central.

También conviene evitar una lectura simplista de la experiencia brasileña. Las condiciones políticas, sociales y electorales de Brasil no pueden extrapolarse mecánicamente a la Argentina. Lula tiene una historia sindical y obrera que forma parte de su identidad política desde hace décadas, además de una relación histórica con el Partido de los Trabajadores y con sectores populares que no necesariamente tienen equivalentes directos en el peronismo actual. La victoria brasileña puede ofrecer enseñanzas sobre organización digital, segmentación de mensajes y movilización, pero no garantiza que una receta similar produzca el mismo resultado en otro país.

La verdadera batalla cultural del peronismo no se resolverá con un nuevo ejército de WhatsApp ni con una mayor cantidad de publicaciones en las redes. Se resolverá, si logra hacerlo, cuando vuelva a escuchar a quienes dejaron de sentirse representados, cuando pueda incorporar voces que cuestionen sus propias certezas y cuando encuentre un lenguaje que no necesite explicarles permanentemente a los argentinos cómo deben pensar. Porque una fuerza política puede tener millones de seguidores en sus canales y, al mismo tiempo, seguir sin encontrar la manera de hablarle a una sociedad que ya no la escucha.

 

Publicado el: 2026-11-03