Cristina y el espejo de Puerta de Hierro: un liderazgo en aislamiento y un peronismo que ya encontrï

Cristina y el espejo de Puerta de Hierro: un liderazgo en aislamiento y un peronismo que ya encontró a sus nuevos Vandor

Cristina y el espejo de Puerta de Hierro: un liderazgo en aislamiento y un peronismo que ya encontró a sus nuevos Vandor


Por estos días, Cristina Fernández de Kirchner parece mirar al peronismo desde una suerte de “prisión política” autoimpuesta. No una prisión literal, sino un encierro simbólico, construido por su propio retraimiento, por el desmarque de gobernadores e intendentes y por el vacío de respuestas que devuelve una dirigencia que ya no articula alrededor de su figura.

Desde ese aislamiento, Cristina opera —o intenta operar— con la lógica de Juan Domingo Perón en Puerta de Hierro: distancia física de la escena, intervención esporádica, mensajes de orientación doctrinaria y un aura de conducción incuestionable. La diferencia es que el peronismo de hoy no responde como entonces, y las condiciones históricas del movimiento están lejos de permitirle encarnar aquel papel con éxito.

Un liderazgo que interpela, pero no ordena

 

Cristina conserva capacidad de impacto discursivo y un núcleo duro fiel, pero ya no consigue lo que durante años fue su sello distintivo: ordenar al resto del peronismo. Sus cartas, documentos y apariciones generan conversación, pero no alineamiento.

El peronismo territorial —los que gestionan, los que ponen la cara todos los días— adoptó una dinámica defensiva ante la pérdida de poder nacional. En ese esquema, la ex presidenta habla, pero nadie acomoda su estrategia en función de ella.

Es un escenario que recuerda, salvando todas las distancias históricas, al momento en que Perón enviaba directivas desde Madrid sin conseguir frenar la autonomía creciente de dirigentes que empezaban a jugar su propio juego.

Los nuevos Vandor

 

En este contexto emergen figuras que, como Augusto Vandor en los años sesenta, buscan construir peronismo sin Cristina. No hablan de ruptura —al menos no explícitamente—, pero practican una emancipación progresiva: negocian por fuera, tejen alianzas propias y levantan discursos que no orbitan alrededor del cristinismo.

Ese proceso se ve en:

  • Gobernadores que diseñan estrategias provinciales sin consultar a nadie en el Instituto Patria.

  • Intendentes que arman poder real en sus territorios, más preocupados por sostener sus distritos que por la épica kirchnerista.

  • Dirigentes sindicales y parlamentarios que empiezan a pensar en un peronismo poskirchnerista aunque no lo declaren en público.

Es la misma tensión fundacional del movimiento: el conductor que reclama obediencia vs. la dirigencia que, ante la pérdida de eficacia del liderazgo, se permite desobedecer.

 

Un mensaje que ya no disciplina

 

A diferencia de Perón en los sesenta, Cristina no cuenta con un aparato sindical alineado ni con un enemigo interno único al que disciplinar. Y, a diferencia del Perón del 73, tampoco dispondría —aunque quisiera— de una candidatura que le permita ordenar mediante el voto futuro.

Su “prisión” ya no es la del exilio, sino la de un liderazgo que interpela a un pasado reciente donde sí era central, pero que no logra proyectarse hacia un peronismo nuevo, más pragmático, territorial y con urgencias distintas.

El peronismo se mueve, aun sin ella

 

Mientras tanto, el peronismo avanza a su manera: fragmentado, con tensiones, con competencia interna, pero en movimiento. Y en política, el que deja de mover, queda fuera del juego.

Cristina pretende hablarle al peronismo como Perón desde Puerta de Hierro. El problema no es el mensaje. El problema es que, del otro lado, ya no hay un peronismo dispuesto a obedecer. Y para colmo, como le pasó al General, ya comenzaron a proliferar los Vandor del siglo XXI, cada uno con su idea de futuro y su propio mapa de poder.

Publicado el: 2025-12-12