
Hay algo que empieza a resultar difícil de explicar dentro del peronismo: algunas decisiones de Cristina Kirchner parecen tener una lógica que excede la discusión sobre cómo recuperar el poder. La pregunta incómoda es si, para la expresidenta, resulta más importante conservar el control sobre el peronismo que garantizar que el peronismo vuelva a gobernar.
El episodio de Pablo Yadarola es una buena muestra de esa contradicción.
Durante años, el kirchnerismo convirtió el viaje a Lago Escondido en uno de los símbolos centrales de su denuncia contra el supuesto entramado entre sectores del Poder Judicial, empresarios, medios y dirigentes políticos. Yadarola fue señalado como uno de los protagonistas de aquel episodio. Sin embargo, cuando llegó el momento de votar su ascenso a la Cámara Federal porteña, los senadores que responden a Cristina acompañaron el pliego. El voto fue unánime en el caso de Yadarola.
La contradicción sería apenas una anécdota si alguien hubiera explicado por qué.
Pero nadie consiguió hacerlo de manera convincente.
Y allí aparece el papelón político de Juliana Di Tullio. La senadora, una de las dirigentes más cercanas a Cristina, fue cuestionada por periodistas y dirigentes del propio espacio por haber acompañado el nombramiento. Su respuesta no fue explicar por qué Yadarola había dejado de ser, para el kirchnerismo, aquel juez asociado a una trama de poder que durante años denunciaron.
En lugar de responder esa pregunta, Di Tullio eligió atacar a quienes la formulaban.
Apuntó contra periodistas de C5N, cuestionó sus interpretaciones sobre posibles acuerdos y recordó que Marcelo D'Alessandro, otro de los protagonistas del episodio de Lago Escondido, trabaja en el área institucional del canal. La respuesta podrá ser eficaz para la interna mediática, pero políticamente deja un vacío enorme: ¿por qué votaron a Yadarola?
La pregunta sigue sin respuesta.
Y cuando un dirigente no puede explicar una decisión política elemental, el problema ya no es comunicacional. Es político.
Porque el verdadero asunto no es Yadarola. Es Cristina.
Hay una columna de Ignacio Fidanza en La Política On Line que plantea una cuestión que ayuda a entender el momento del peronismo: Cristina parece estar atrapada entre dos objetivos que ya no necesariamente coinciden. Por un lado, necesita que el peronismo conserve posibilidades electorales. Por otro, tiene un problema mucho más concreto: quién será el heredero de su liderazgo.
Y ahí aparece Axel Kicillof.
El gobernador bonaerense tiene algo que ningún dirigente kirchnerista puede fabricar artificialmente: territorio, gestión y una identidad electoral propia. Pero justamente por eso representa una amenaza para el esquema de conducción de Cristina.
Kicillof no necesita que Cristina le entregue la sucesión. Necesita que el peronismo llegue a una instancia en la que los votos obliguen a reconocerlo como alternativa.
Y eso puede ser intolerable para una conducción política acostumbrada a decidir quién tiene derecho a ser candidato, quién debe esperar y quién debe subordinarse.
Por eso la gran pregunta que comienza a recorrer al peronismo no es solamente si Cristina quiere volver a ser candidata.
Es otra:
¿Cristina prefiere que pierda el peronismo antes que ganar un peronismo conducido por Kicillof?
No hay elementos suficientes para afirmar que esa sea una decisión explícita de la expresidenta. Sería irresponsable presentarlo como un hecho probado. Pero sí existen señales políticas que permiten formular la hipótesis.
Porque si Kicillof se convierte en el candidato natural del peronismo y gana una elección presidencial, Cristina pierde algo mucho más importante que una interna: pierde la capacidad de definir el futuro de su espacio.
Kicillof sería presidente.
Y Cristina pasaría a ser la expresidenta que lo precedió.
Es decir: la jefa histórica se convertiría en parte de la historia y el gobernador bonaerense comenzaría a escribir su propio capítulo.
Desde esa perspectiva, el voto a Yadarola adquiere otra dimensión.
Puede haber existido una negociación judicial. Puede haber habido una decisión pragmática para dejar de confrontar con determinados sectores de la Justicia. También puede haber existido simplemente una nueva estrategia del peronismo frente a un Poder Judicial que ya no puede ser enfrentado con las mismas herramientas de hace diez años.
De hecho, Jorge Mayans sintetizó públicamente el cambio con una frase contundente: el peronismo no quiere seguir peleándose con los jueces.
El problema es que esa explicación llega después de años de construir exactamente el discurso contrario.
Y llega, además, cuando Cristina atraviesa su propia disputa judicial.
Por eso resulta inevitable preguntarse si detrás del giro no existe también una necesidad de administrar la relación con un sistema judicial que puede seguir teniendo un enorme peso sobre el futuro político de la expresidenta.
Pero hay una consecuencia todavía más interesante.
Si Cristina comienza a abandonar algunas de las banderas históricas del kirchnerismo, pero mantiene intacta su capacidad de conducción sobre el espacio, entonces el pragmatismo no necesariamente beneficia a Kicillof.
Puede beneficiar a Cristina.
Porque una cosa es modificar una posición frente a la Justicia. Otra muy distinta es aceptar que el gobernador bonaerense se convierta en el nuevo jefe del peronismo.
La paradoja es extraordinaria.
Cristina necesita que Milei fracase para que el peronismo tenga una oportunidad de regresar al poder.
Pero también necesita que quien encabece esa alternativa no se transforme en su sucesor político.
Ese dilema puede explicar algunas de las contradicciones que hoy atraviesan al peronismo.
Y también explica por qué el kirchnerismo puede ser extraordinariamente eficaz para conservar una estructura de poder y, al mismo tiempo, profundamente ineficaz para construir una alternativa electoral amplia.
Porque ganar una interna no es lo mismo que ganar una elección general.
Y conservar el control del peronismo no es necesariamente lo mismo que conducirlo hacia la Casa Rosada.
El riesgo para Cristina es que, intentando impedir que Kicillof sea presidente, termine haciendo exactamente lo contrario de lo que necesita el peronismo: fragmentarlo, desgastarlo y regalarle a Milei el tiempo que necesita para reconstruirse.
Ahí aparece el verdadero equívoco peronista.
El peronismo discute quién manda mientras la sociedad espera saber quién puede gobernar.
Cristina discute la sucesión mientras Kicillof construye una candidatura posible.
Y mientras tanto, un dirigente como Milei puede sobrevivir incluso a sus propios errores si enfrente tiene a una oposición ocupada en resolver una pelea de liderazgo.
Tal vez la pregunta más incómoda sea también la más sencilla.
¿Puede Cristina aceptar que otro dirigente gane una elección presidencial con el voto peronista?
Porque si la respuesta fuera no, entonces muchas de las contradicciones actuales comienzan a tener sentido.
No se trataría simplemente de que Cristina quiera volver.
Se trataría de que no quiere que otro vuelva en su lugar.
Y eso cambia completamente la interpretación del escenario.
Porque una cosa es ser la dirigente que perdió una elección.
Otra, muy distinta, es ser la dirigente que impidió que su propio espacio ganara para evitar que naciera un liderazgo que ya no podía controlar.
Todavía no sabemos si Cristina está dispuesta a llegar hasta ese extremo.
Pero el peronismo debería hacerse esa pregunta antes de que sea demasiado tarde.
Porque quizás el principal adversario de Kicillof no sea Milei.
Quizás sea la necesidad de Cristina Kirchner de seguir siendo, incluso después de haber dejado la Casa Rosada, la persona que decide quién puede ocuparla.