
La dirigente de La Cámpora aseguró que, si Cristina Kirchner no puede ser candidata, Javier Milei volverá a ganar. La frase revela la dependencia de un sector del peronismo respecto de una sola figura, profundiza la interna con Axel Kicillof y deja una pregunta incómoda: ¿puede una fuerza política que pretende gobernar el país ofrecerle a la sociedad una alternativa que dependa de la suerte judicial de su principal referente?
Hay declaraciones que funcionan como una opinión política y otras que, aun sin constituir una amenaza literal, terminan exponiendo una forma preocupante de entender el poder. Cuando Mayra Mendoza afirma que, si Cristina Fernández de Kirchner no puede ser candidata, gana Javier Milei, no solamente anticipa un escenario electoral. También envía un mensaje hacia adentro del peronismo: sin Cristina, el resto parece no tener posibilidades.
La frase fue pronunciada durante una entrevista con Reynaldo Sietecase en el programa Enemigos del Rey, emitido por Ahora Play. Mendoza fue explícita: “Es Cristina libre o nada”. Y agregó: “Si Cristina no puede ser candidata, vuelve a ganar Milei. Esto es así”. Cuando el periodista quiso saber si La Cámpora contemplaba otra alternativa, la respuesta fue: “Hoy no”.
No hay elementos para afirmar que se trate de una amenaza en sentido literal. Pero sí puede leerse como una advertencia política con destinatarios evidentes: los dirigentes que imaginan un peronismo con otros liderazgos, quienes plantean una renovación generacional y, especialmente, Axel Kicillof, cuya construcción política choca con la pretensión del kirchnerismo duro de mantener a Cristina como figura excluyente.
La pregunta es si Mendoza está describiendo una realidad electoral o si está intentando convertir una preferencia partidaria en una condición obligatoria para todo el movimiento.
El problema no es que Cristina Kirchner quiera ser candidata, ni que sus seguidores defiendan su inocencia o cuestionen sus condenas. En democracia, cualquier dirigente puede defender sus derechos políticos y cualquier ciudadano puede considerar injusta una sentencia judicial.
El problema aparece cuando una organización política afirma que no existe alternativa posible si su principal referente no puede competir.
¿Dónde quedan los gobernadores, los intendentes, los legisladores, los sindicatos y los millones de ciudadanos que no se identifican necesariamente con Cristina, pero que podrían votar a una propuesta peronista? ¿Qué lugar tienen quienes creen que hace falta una renovación de dirigentes, de ideas y de prácticas de gobierno?
Si la respuesta es que sin Cristina gana Milei, el mensaje termina siendo una forma de disciplinamiento político. No necesariamente porque exista una amenaza explícita, sino porque se instala la idea de que cualquier alternativa interna contribuye a la continuidad del oficialismo.
Esa lógica es funcional a la conducción de La Cámpora: transforma la discusión sobre el futuro del peronismo en una discusión sobre la lealtad personal a una dirigente. Y, de paso, convierte a quienes plantean otros caminos en responsables anticipados de una eventual derrota.
La política no debería funcionar así. Ningún partido puede exigirle a la sociedad que espere indefinidamente hasta que se resuelva la situación de una persona para ofrecer un proyecto de país.
Para analizar las declaraciones de Mendoza también hay que mirar el frente judicial de Cristina Kirchner sin caer en simplificaciones.
En la causa Vialidad, la expresidenta fue condenada a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por administración fraudulenta en perjuicio de la administración pública. La sentencia fue confirmada por la Corte Suprema el 10 de junio de 2025, después de que el máximo tribunal rechazara los recursos de la defensa.
La defensa de Cristina cuestionó el proceso, la valoración de la prueba y las garantías judiciales. Desde una mirada crítica, hay argumentos para discutir el alcance de la responsabilidad penal atribuida a una presidenta por decisiones administrativas adoptadas dentro de una estructura estatal, así como para examinar si la sentencia respondió de manera suficiente a todos los planteos defensivos.
Es legítimo sostener que la condena fue injusta o que determinados aspectos del razonamiento judicial merecen cuestionamientos. Pero también hay que reconocer el estado jurídico de la causa: la condena quedó firme en el sistema judicial argentino y no puede presentarse como si todavía estuviera pendiente de una decisión ordinaria.
La crítica a una sentencia no equivale a desconocer su existencia. Del mismo modo, que una condena esté firme no impide discutir sus fundamentos ni reclamar que los procesos judiciales respeten todas las garantías.
Lo que no resulta razonable es que toda la estrategia de una fuerza política quede atada a revertir ese fallo. La oposición a Milei necesita construir una propuesta económica, social e institucional capaz de convencer a los ciudadanos, independientemente de lo que ocurra en los tribunales.
La situación es todavía más compleja porque Vialidad no agota los problemas judiciales de Cristina Kirchner.
Las causas Hotesur y Los Sauces investigan presuntas maniobras de lavado de activos y otras irregularidades vinculadas con negocios hoteleros e inmobiliarios de empresas de la familia Kirchner y empresarios relacionados con la obra pública. Cristina, su hijo Máximo Kirchner y otros acusados deberán responder por las imputaciones en los procesos correspondientes.
Al 16 de octubre de 2026, la Cámara Federal de Casación Penal debe resolver si ambos expedientes se tramitan en un único juicio o en debates separados. El Tribunal Oral Federal N.º 5 había fijado el inicio del debate por Los Sauces para el 23 de octubre de 2026 y el de Hotesur para el 19 de marzo de 2027, aunque la organización definitiva de esos procesos está sujeta a las decisiones judiciales pendientes.
Es importante subrayarlo: se trata de acusaciones que deben ser probadas en juicio, no de condenas que puedan darse por anticipadas. La defensa tiene derecho a controvertir la prueba y los tribunales deben resolver con imparcialidad.
Sin embargo, estos expedientes muestran que el panorama judicial de Cristina no depende exclusivamente de una eventual revisión de Vialidad. Existen otros procesos que pueden tener consecuencias políticas y judiciales, y nadie puede garantizar de antemano cuál será su resultado.
Por eso, presentar la libertad y la candidatura de Cristina como la única salida para derrotar a Milei supone construir una estrategia sobre una variable que el peronismo no controla: las decisiones de la Justicia.
Mientras la discusión política se concentra en Cristina, millones de argentinos enfrentan problemas que no pueden esperar a que se resuelvan los expedientes judiciales.
Hay trabajadores que no llegan a fin de mes, jubilados que deben elegir entre medicamentos y alimentos, familias endeudadas para pagar gastos básicos y jóvenes que no encuentran un horizonte laboral. Hay comercios que luchan por sobrevivir, industrias que reclaman condiciones para producir y hogares que necesitan recuperar capacidad de consumo.
Para esas personas, la pregunta no es solamente quién será el candidato del peronismo. La pregunta es qué propone esa fuerza para mejorar los salarios, recuperar el empleo, sostener a los jubilados, reactivar la producción y reconstruir la confianza en la política.
No se puede pedirles a millones de ciudadanos que depositen sus esperanzas en el desenlace judicial de una dirigente. Tampoco se puede exigirles que consideren suficiente la consigna de su libertad cuando necesitan respuestas concretas para sus problemas cotidianos.
La política tiene la obligación de construir alternativas incluso en las circunstancias más difíciles. Si una fuerza con gobernadores, intendentes, legisladores, sindicatos y una larga tradición electoral no puede formular un proyecto competitivo sin una sola persona, el problema excede las decisiones de los jueces: es una crisis de conducción y de imaginación política.
La frase de Mendoza también debe leerse en clave de interna bonaerense.
Axel Kicillof representa una posibilidad de reorganización del peronismo alrededor de una figura con gestión ejecutiva, proyección nacional y una identidad política propia. La relación con Cristina y La Cámpora, sin embargo, está atravesada por diferencias sobre el liderazgo, la estrategia electoral y la conducción del espacio.
Mendoza dejó clara su posición cuando sostuvo, en la misma entrevista, que Cristina está por encima de Kicillof y del resto de los dirigentes. Esa definición no es menor: plantea una estructura de poder en la que el gobernador, aun cuando aspire a competir, debería reconocer una autoridad política superior.
Pero una interna no se resuelve declarando que solamente una persona puede ganar. Se resuelve con reglas, competencia, discusión programática y la aceptación de que los liderazgos también deben someterse a la evaluación de sus propios votantes.
Si Kicillof considera que puede construir una alternativa, deberá demostrarlo. Si otros dirigentes creen que Sergio Massa, algún gobernador o una figura nueva pueden encabezar una propuesta competitiva, tienen derecho a intentarlo. Será la sociedad —y, si corresponde, una interna democrática— la que determine quién tiene mejores posibilidades.
Lo contrario es convertir la conducción partidaria en una tutela permanente sobre el resto del movimiento.
Hay algo particularmente injusto en decirle a la sociedad que, si Cristina no puede competir, Milei volverá a ganar.
La frase parece describir una fatalidad. Pero la política no es una fatalidad: es la construcción de opciones, la capacidad de interpretar demandas sociales y la responsabilidad de ofrecer respuestas.
Los argentinos que rechazan el rumbo económico de Milei no tienen por qué ser todos kirchneristas. Algunos votaron al peronismo en el pasado; otros se alejaron por la inflación, la pérdida de ingresos, los errores del gobierno de Alberto Fernández o los escándalos de corrupción. Otros nunca acompañaron a Cristina, pero podrían respaldar una propuesta que defienda el trabajo, la producción y la movilidad social.
A todos ellos hay que ofrecerles algo más que una disputa judicial.
La insistencia en una candidatura excluyente corre el riesgo de cerrar puertas en lugar de abrirlas. En vez de preguntarse cómo recuperar a quienes dejaron de votar al peronismo, una parte de su dirigencia parece más preocupada por garantizar que la próxima elección vuelva a girar alrededor de Cristina.
Eso no es una estrategia de mayoría. Es una estrategia de conservación de poder.
Y también es una falta de respeto a los ciudadanos que reclaman opciones: supone que no hay otro dirigente capaz de representarlos, que no hay otra propuesta posible y que el destino político del país debe quedar subordinado a la situación de una expresidenta.
Mendoza puede creer sinceramente que Cristina es la única dirigente capaz de derrotar a Milei. Tiene derecho a defender esa posición y a trabajar para que su referente recupere la libertad y sus derechos políticos.
Pero una convicción personal no se convierte automáticamente en una verdad electoral. Y mucho menos en una obligación para el resto del peronismo.
Si el oficialismo está causando un deterioro económico y social que la oposición considera inaceptable, la responsabilidad de sus adversarios es construir una alternativa viable. Eso exige revisar errores, reconocer responsabilidades, proponer un programa económico consistente y formar una conducción capaz de representar a sectores más amplios que la militancia propia.
La discusión sobre la Justicia debe seguir su curso, con garantías para los acusados y respeto por las resoluciones judiciales. La discusión política, mientras tanto, no puede quedar suspendida.
Porque si Cristina es la única respuesta que La Cámpora puede ofrecer, entonces la pregunta ya no es solamente si gana Milei cuando ella no es candidata. La pregunta es por qué un movimiento que gobernó la Argentina durante años no consigue demostrar que tiene futuro más allá de una sola dirigente.
El peronismo no puede pedirle a la sociedad que espere una absolución, una excarcelación o una habilitación electoral para empezar a construir una alternativa. Los millones de argentinos que sufren hoy necesitan una propuesta para el presente, no una promesa atada al calendario judicial de Cristina Kirchner.