
Era obvio que el sol no podía estar presente cuando millones de argentinos se enteraran de esta dolorosa noticia, el cielo bien gris, pintando la tristeza de todo un país.
Un icono de la cultura popular argentina nos deja en la orfandad, Carlos "El Indio" Solari, ex vocalista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, abandonó el plano terrenal para entrar en el plano de los argentinos eternos.
Hay personajes que trascienden su propia obra y terminan convirtiéndose en una parte de la cultura popular argentina. Se fue uno de los últimos fenómenos masivos nacido desde los márgenes, sin el respaldo de las grandes corporaciones culturales y construidas a fuerza de canciones, misterio y una relación única con su público.
Criado en La Plata, Solari fue la voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que pasó de los pequeños teatros a convocar multitudes capaces de movilizar ciudades enteras. Lo extraordinario del fenómeno ricotero fue que nunca respondió a las reglas tradicionales del espectáculo. Mientras otros artistas buscaban exposición permanente, Indio cultivó el silencio. Mientras la industria promovía estrellas, él construía una figura casi mitológica.
Nunca fui un fanático de Los Redondos. De hecho, hubo momentos en los que me enojé profundamente con él. Particularmente cuando, tras el asesinato de Walter Bulacio, pronunció aquella frase desafortunada de que "cada cual cuide su culito" y no encabezó la masiva marcha de jóvenes pidiendo justicia. Me pareció una expresión injusta y poco empática frente a una tragedia que marcó para siempre la relación entre el rock y la violencia institucional en la Argentina.
Sin embargo, una cosa no invalida la otra. Siempre respeté los fenómenos de masas, porque detrás de ellos suele haber algo más profundo que la mera popularidad. Los Redondos lograron generar un sentido de pertenencia pocas veces visto en la música argentina. Convocaban a obreros y profesionales, a estudiantes y comerciantes, a peronistas, radicales, libertarios, izquierdistas y apolíticos. Había algo en sus canciones que permitía que cada uno encontrara su propia interpretación.
Si algo me sigue atrapando son aquellos primeros discos. Allí había una densidad artística difícil de encontrar hoy. Canciones atravesadas por una oscuridad casi palpable, un rock oscuro, por momentos sombrío, que dialogaba perfectamente con la atmósfera de los años ochenta. Eran tiempos de incertidumbre, del derrumbe de muchas certezas ideológicas, del desencanto posterior a las grandes épicas políticas del siglo XX. Los Redondos parecían ponerle banda sonora a esa sensación colectiva de que el mundo estaba cambiando y nadie sabía exactamente hacia dónde.
La separación de la banda terminó revelando algo que muchos sospechaban. Aunque Los Redondos fueron una construcción colectiva irrepetible, el verdadero ícono era Indio. Su carrera solista mantuvo intacta la capacidad de movilizar multitudes. Allí quedó claro que la figura de culto era él. Y quizás ese sea el rasgo más singular de su historia: haber sido simultáneamente un artista de culto y un artista masivo.
Normalmente, los músicos de culto son admirados por minorías intensas. Los artistas masivos, en cambio, suelen sacrificar complejidad para llegar a todos. El Indio logró ambas cosas. Fue leído como un intelectual popular por algunos y como un simple cantante de rock por otros. Fue admirado por jóvenes rebeldes y por adultos establecidos. Fue apropiado por personas de todos los sectores sociales y de todos los espacios políticos.
Por eso, la noticia excede largamente al mundo del rock. Es el final de una figura que ayudó a explicar una parte de la Argentina durante más de cuatro décadas. Una figura contradictoria, discutible, a veces incómoda, pero imposible de ignorar. Pero hoy también nace un mito, un nuevo culto pagano que seguirá musicalizando los años siguientes y será bandera de millones de argentinos que ya se apropiaron de su figura.
Y quizás allí radique su verdadera importancia. No en haber sido perfecto, sino en haber construido una obra y una identidad capaces de atravesar generaciones enteras. Pocos artistas pueden decir lo mismo. Menos aún en un país tan fragmentado como el nuestro
Hasta siempre Indio, los fenómenos populares y de masas, no se discuten, se admiran y respetan.