
Por estas horas, en el corazón del Gobierno libertario, empieza a asomar una certeza incómoda: el plan económico no está funcionando como prometían. Y en ese contexto, el ministro de Economía, Luis Caputo, aparece cada vez más acorralado, sin respuestas claras y apelando a la política como tabla de salvación.
La versión que sacudió a la Casa Rosada es tan simple como reveladora: en una reunión reservada, Caputo habría admitido que ya probó todas las herramientas económicas disponibles sin lograr reactivar la economía. “Ya tiré toda la carne al asador”, fue la frase que, según reconstrucciones periodísticas basadas en fuentes presentes, habría utilizado el propio ministro.
Ese reconocimiento —que luego salió a desmentir con furia en redes sociales— deja al descubierto algo más profundo: la falta de resultados concretos tras meses de ajuste, recesión y caída del consumo.
Del dogma económico al auxilio político
Ante ese escenario, lo que empieza a emerger es un giro forzado. Según distintas versiones coincidentes, Caputo habría impulsado la necesidad de un acuerdo con gobernadores para sostener la gobernabilidad y apuntalar el rumbo económico. La lógica sería clara: sin respaldo político en el Congreso y en las provincias, el programa no tiene chances de sostenerse.
La propuesta incluso habría incluido concesiones electorales: no competir contra los mandatarios provinciales a cambio de apoyo legislativo. Una señal de debilidad política que rompe con el discurso original de confrontación total del oficialismo.
Pero el problema es más estructural. Incluso dentro del propio ecosistema económico cercano al Gobierno, ya se reconoce una sensación de frustración: consideran que se aplicaron todas las medidas previstas, pero los resultados no llegan.
Mientras tanto, en las provincias el impacto del ajuste se hace sentir con fuerza, afectando ingresos, empleo y actividad, lo que vuelve aún más difícil cerrar acuerdos políticos duraderos.
Desmentidas, insultos y nerviosismo
Lejos de ordenar la situación, la reacción oficial fue caótica. Caputo salió a negar todo de manera tajante —“Falsísimo”— y volvió a insistir con la promesa de “los mejores 18 meses en décadas”.
El presidente Javier Milei, en lugar de bajar el tono, redobló la apuesta y atacó con dureza al periodismo, en una escalada que refleja más nerviosismo que control.
El contraste es evidente: mientras el discurso oficial insiste en un futuro prometedor, hacia adentro crecen las señales de preocupación y la necesidad de recalcular.
Un plan agotado antes de tiempo
El dato político de fondo es que el Gobierno empieza a depender de aquello que venía a combatir: la “casta” y los acuerdos tradicionales. La necesidad de pactar con gobernadores no surge de una estrategia, sino de una urgencia.
Y ahí está el núcleo del problema: cuando un plan económico necesita respaldo político extraordinario para sostenerse, suele ser porque ya no se sostiene por sus propios resultados.
Caputo, el hombre que prometía estabilidad y confianza en los mercados, hoy aparece pidiendo auxilio político para sostener un esquema que no logra despegar.
La pregunta que empieza a recorrer despachos oficiales y provincias es inevitable: si ya “tiró toda la carne al asador”, ¿qué queda ahora?