Brotado y rumbo al precipicio

Brotado y rumbo al precipicio

Brotado y rumbo al precipicio
Por: Pablo López


Javier Milei siempre hizo de la confrontación un método político. Desde su irrupción en los medios hasta su llegada a la Casa Rosada, su marca registrada fue la agresividad discursiva, la descalificación permanente y la construcción de un enemigo al que responsabilizar de todos los males argentinos. Esa estrategia fue eficaz cuando era un economista televisivo, un diputado disruptivo o un candidato antisistema. Pero gobernar exige otra clase de liderazgo. Y los últimos episodios muestran a un Presidente cada vez más irritable, más reactivo y peligrosamente desconectado del humor social.

La escena de la Bolsa de Comercio terminó siendo mucho más que un intercambio subido de tono. Mientras Milei repetía sus habituales postulados sobre el liberalismo y el populismo, un empresario lo interrumpió con una frase que resumía el malestar de buena parte del sector productivo. La respuesta presidencial no fue explicar, convencer o debatir. Fue insultar, descalificar y mandar al crítico "a Cuba". El episodio se viralizó porque dejó al desnudo una característica que comienza a preocupar incluso entre quienes apoyan al Gobierno: la incapacidad presidencial para tolerar el disenso.

Pero el dato más significativo llegó después. Jorge Castellanos, socio de la Bolsa desde hace más de treinta años, explicó que no hablaba desde una posición ideológica sino desde la realidad que observa todos los días. "Las fábricas cierran, la gente se queda sin trabajo y este viene con teorías de mierda", resumió. Más allá de compartir o no esa opinión, expresa un fenómeno que ya aparece en distintos indicadores económicos: una macroeconomía estabilizada que convive con una microeconomía profundamente deteriorada para miles de comercios, industrias y familias.

Ese contraste constituye hoy el principal desafío político del Gobierno. Mientras el Ministerio de Economía exhibe la baja de la inflación y el equilibrio fiscal como grandes logros, cada vez más argentinos miden la gestión con otro parámetro: si llegan o no a fin de mes. La política, después de todo, no se vota en las planillas de Excel sino en la heladera.

La reacción presidencial frente a cualquier cuestionamiento parece confirmar una tendencia. En lugar de responder con argumentos, Milei responde con enojo. En lugar de incorporar matices, radicaliza su discurso. En lugar de escuchar, convierte toda crítica en un ataque personal.

Algo similar ocurrió cuando Lionel Messi expresó su preocupación por la difícil situación que atraviesan muchos argentinos. La respuesta oficial, canalizada por el vocero presidencial, no buscó reconocer el problema ni valorar la sensibilidad del capitán de la Selección. Se eligió polemizar con una de las pocas figuras capaces de generar consenso transversal en la sociedad. Cuando un gobierno termina discutiendo con Messi, probablemente el problema ya no sea Messi.

La misma lógica apareció con la polémica alrededor de la bandera de "Las Malvinas son Argentinas" exhibida por la Selección. Para la enorme mayoría de los argentinos, independientemente de su ideología, la causa Malvinas constituye una política de Estado y un elemento central de la identidad nacional. Sin embargo, desde el universo libertario volvieron a surgir cuestionamientos que reabrieron una discusión que parecía definitivamente saldada.

En ese punto resulta imposible separar el presente de la historia personal del Presidente. Fue el propio Milei quien relató años atrás que durante la Guerra de Malvinas defendía a los británicos porque admiraba a Margaret Thatcher y que esa posición le valió un fuerte reto físico por parte de su padre. Con el paso de los años nunca modificó esa admiración. Ya siendo Presidente calificó públicamente a Thatcher como "una de las grandes líderes de la humanidad", diferenciando esa valoración de la disputa por la soberanía de las islas.

Puede sostenerse intelectualmente esa distinción. Pero la política no se mueve únicamente en el terreno académico. También opera sobre símbolos, emociones e identidades colectivas. Y en Argentina las Malvinas forman parte de una memoria compartida que trasciende gobiernos y partidos.

El problema para Milei no es solamente ideológico. Es político. Su liderazgo comenzó construyéndose alrededor de la figura del economista que explicaba fenómenos complejos con claridad y convicción. Hoy esa imagen empieza a ser desplazada por la de un Presidente que parece discutir con cualquiera que cuestione su relato: periodistas, artistas, economistas, empresarios, gobernadores, universidades, científicos y hasta ciudadanos comunes que lo interpelan en un acto público.

Toda administración necesita construir autoridad. Pero existe una enorme diferencia entre ejercer autoridad y reaccionar con irritación frente a cualquier voz disidente. La primera fortalece al gobierno; la segunda suele debilitarlo.

La historia argentina ofrece numerosos ejemplos de presidentes que, convencidos de representar una verdad absoluta, comenzaron a encerrarse en una lógica de confrontación permanente. Cuando todo el que critica pasa a ser enemigo, cuando cualquier diferencia se interpreta como una conspiración y cuando el círculo de interlocutores se reduce únicamente a quienes aplauden, el poder empieza a perder contacto con la realidad.

Eso parece reflejar el episodio de la Bolsa. El empresario que lo interrumpió no era un militante kirchnerista infiltrado ni un dirigente opositor. Era un socio de la propia institución que expresaba una preocupación concreta sobre la producción y el empleo. Sin embargo, fue tratado como si representara una amenaza política.

Mientras tanto, la economía cotidiana continúa enviando señales de alerta. Comercios que bajan sus persianas, industrias con capacidad ociosa, consumo estancado y familias que sienten que el esfuerzo diario no alcanza. El Gobierno insiste en que todo forma parte del costo inevitable de la estabilización. Puede tener razón desde la teoría económica. El problema es que las sociedades no viven de teorías sino de resultados concretos.

Milei llegó prometiendo terminar con la "casta". Pero corre el riesgo de quedar atrapado en otro fenómeno igualmente peligroso: el aislamiento del poder. Cuando el Presidente solo escucha a quienes coinciden con él y responde con agresividad a quienes señalan problemas reales, comienza a construirse una burbuja política difícil de perforar.

Todavía conserva un importante capital político y una base social que valora el orden macroeconómico alcanzado. Sin embargo, la política rara vez perdona la desconexión con la realidad cotidiana. La paciencia social tiene límites, especialmente cuando el sacrificio económico se prolonga y los beneficios prometidos tardan en llegar.

El mayor riesgo para Javier Milei ya no parece ser la oposición. Es él mismo. Su temperamento, que alguna vez fue una ventaja electoral, puede convertirse en un problema de gestión si cada crítica lo empuja a una escalada verbal y cada desacuerdo termina transformado en una batalla cultural.

Porque un presidente puede ganar elecciones gritando. Incluso puede gobernar un tiempo confrontando. Pero difícilmente pueda construir un proyecto duradero si reemplaza el diálogo por el enojo permanente.

Cuando el poder pierde la capacidad de escuchar, comienza a caminar hacia un precipicio. Y muchas veces quienes están al borde son los últimos en advertirlo.

Publicado el: 2026-07-17