Bregman puede crecer, pero ¿puede ganar?

Bregman puede crecer, pero ¿puede ganar?

Bregman puede crecer, pero ¿puede ganar?
Por: Pablo López


La hipótesis de Juan Courel sobre una eventual victoria de Myriam Bregman abrió una discusión que hasta hace poco parecía impensada. La dirigente de izquierda efectivamente muestra un crecimiento de imagen y reconocimiento, pero transformar ese fenómeno en una mayoría presidencial exige atravesar obstáculos electorales, territoriales y programáticos enormes. Y en el medio aparece una pregunta incómoda para el peronismo: ¿cuánto de ese crecimiento podría alimentarse de los votos que hoy necesita Axel Kicillof?

Hay hipótesis políticas que sirven más para provocar una conversación que para describir el escenario electoral tal como está. La de Juan Courel sobre las posibilidades de Myriam Bregman pertenece, por ahora, a esa categoría.

El consultor planteó públicamente que Bregman tiene una posibilidad de ganar las elecciones presidenciales de 2027. No es una afirmación menor porque supone imaginar algo que durante décadas pareció casi imposible en la Argentina: que una candidata del trotskismo pueda dejar de ser una expresión testimonial de la izquierda para transformarse en una opción competitiva por el poder.

La hipótesis, sin embargo, merece ser separada en dos partes.

Que Bregman pueda crecer electoralmente es perfectamente plausible. Que pueda ganar la Presidencia es, con los datos actuales, una cuestión completamente diferente.

Y esa diferencia es fundamental.

 

El fenómeno Bregman existe

 

No hay que cometer el error de subestimar el crecimiento de la dirigente del Frente de Izquierda.

En distintas mediciones realizadas durante 2026, Bregman consiguió niveles de imagen positiva que llamaron la atención incluso fuera de su electorado tradicional. Una medición de Atlas Intel citada por El País le otorgó 47% de imagen positiva y 46% de negativa, aunque el mismo artículo advierte que imagen no equivale a intención de voto. En las elecciones presidenciales de 2023 había obtenido 2,7% de los votos.

Otra medición publicada por LA NACION mostró que Bregman llegaba a niveles de intención de voto del orden de 6 o 7%, mientras distintos estudios registraban una valoración positiva considerablemente mayor.

Ahí aparece la primera clave.

Bregman tiene hoy un problema de conversión: transformar imagen en voto.

Una cosa es que un elector valore su coherencia, su capacidad de confrontación o su oposición a Milei y otra muy diferente es que esté dispuesto a entregarle su voto para gobernar la Argentina.

La propia historia electoral de la izquierda demuestra esa dificultad.

 

Del voto de protesta al voto de gobierno

 

Bregman tiene algo que muchos dirigentes opositores perdieron: identidad.

Desde el inicio del gobierno de Milei mantuvo una oposición frontal y prácticamente sin matices. Mientras otros sectores de la oposición buscaron diferenciarse del oficialismo sin romper completamente los puentes, la dirigente del FIT-U construyó su identidad precisamente alrededor de la confrontación.

Ese posicionamiento le permitió ocupar un espacio.

Pero también puede convertirse en su principal límite.

Porque para ganar una elección presidencial no alcanza con representar eficazmente el descontento. Hay que conseguir que una parte sustancial del electorado crea que ese espacio puede gobernar.

Y allí aparece la principal incógnita de la hipótesis de Courel.

¿Puede Bregman pasar de ser la expresión más visible de la protesta a convertirse en una opción mayoritaria de gobierno?

Hoy no existe evidencia suficiente para responder afirmativamente.

Incluso Federico Aurelio, al analizar el escenario presidencial, destacó recientemente que Bregman tiene una imagen positiva superior a la intención de voto que consigue traducir y consideró poco probable, con los números actuales, que la izquierda dispute el balotaje.

Eso no invalida la hipótesis de Courel. Simplemente marca que estamos hablando de una posibilidad que requeriría una transformación muy importante del escenario.

 

El inesperado problema para Kicillof

 

Y aquí aparece el elemento más interesante de la discusión.

El crecimiento de Bregman no solamente interpela a Milei. También puede afectar al peronismo.

La razón es sencilla: el voto opositor no es un bloque único.

La pelea por el electorado que rechaza al Gobierno puede dividirse entre diferentes identidades: peronismo, progresismo, izquierda, radicalismo, centro, liberalismo no oficialista e independientes.

En ese escenario, cada punto que consigue una fuerza puede modificar la arquitectura electoral de las demás.

Y el peronismo tiene hoy un problema adicional: su propia fractura.

Kicillof lanzó en Avellaneda la proyección nacional de su espacio Movimiento Derecho al Futuro y planteó públicamente la construcción de una alternativa para 2027, en un evidente desafío a la conducción de La Cámpora y a la tutela del kirchnerismo.

Al mismo tiempo, la interna entre el gobernador y el sector de Cristina Kirchner continúa abierta. La Cámpora viene cuestionando la construcción política de Kicillof y desde el entorno del gobernador se sostiene que el proyecto debe desarrollarse sin una conducción "a control remoto".

En ese contexto, Bregman puede convertirse en una variable adicional de la interna opositora.

 

¿La Cámpora podría favorecerla?

 

Esta es probablemente una de las hipótesis más interesantes —y más difíciles de demostrar— del escenario.

Pensar que el kirchnerismo o La Cámpora podrían considerar funcional un crecimiento de Bregman para restarle votos a Kicillof no resulta imposible desde la lógica de una interna electoral.

Pero no hay evidencia pública suficiente para afirmar que exista una estrategia coordinada del kirchnerismo destinada a impulsar a Bregman con ese objetivo.

Lo que sí puede analizarse es el efecto potencial.

Si el peronismo llegara dividido a 2027 y una candidatura de izquierda lograra captar una porción significativa del voto opositor, esa dispersión podría modificar los porcentajes relativos de las distintas candidaturas.

La pregunta política sería entonces quién se beneficia de esa fragmentación.

Y allí aparece una paradoja: una izquierda demasiado pequeña no modifica el escenario; una izquierda demasiado grande puede alterar seriamente el equilibrio opositor.

Por eso la evolución de Bregman será seguida con atención tanto por el oficialismo como por el peronismo.

De hecho, LA NACION publicó en agosto que el crecimiento de Bregman era observado con satisfacción en sectores del Gobierno porque, según la interpretación recogida por ese medio, una mayor oferta opositora por izquierda podía perjudicar las posibilidades del peronismo.

Eso permite entender la dimensión estratégica del fenómeno sin necesidad de suponer una conspiración.

 

El límite de la "huelga general"

 

El otro problema de la hipótesis Bregman es programático.

La dirigente tiene un discurso muy claro respecto de lo que rechaza. Es mucho menos sencillo identificar, en su comunicación política actual, un programa de gobierno igualmente concreto capaz de interpelar al votante que no pertenece a la izquierda.

Su propuesta política se encuentra fuertemente asociada a la movilización social y a la confrontación con el Gobierno.

En mayo llamó a organizar una nueva fuerza política de trabajadores y a profundizar la lucha contra el gobierno de Milei.

Y en septiembre, durante la denominada Marcha de la Bronca, volvió a plantear la necesidad de avanzar hacia una huelga general para derrotar al Gobierno.

La pregunta que aparece entonces es inevitable:

¿Una huelga general es un programa de gobierno o una herramienta de lucha política?

Son cosas diferentes.

La huelga puede ser una herramienta sindical y política para expresar rechazo a determinadas políticas. Pero una candidatura presidencial necesita responder además qué hará con la inflación, el déficit, la deuda, los salarios, las jubilaciones, la seguridad, la educación, la política exterior, la inversión, el empleo privado, las provincias y el funcionamiento del Estado.

Bregman tiene posiciones conocidas sobre varias de esas cuestiones. Su plataforma incluye propuestas de fuerte redistribución, reducción de la jornada laboral, cuestionamiento de la deuda y un modelo económico alternativo al de Milei.

El desafío electoral es otro: convertir ese conjunto de posiciones en un programa que pueda ser comprendido como una propuesta concreta de administración del Estado y no solamente como una plataforma de resistencia.

 

Y hay otra pregunta incómoda: ¿por qué debería caer Milei?

 

El discurso de la izquierda parte de una premisa política: que hay que derrotar al Gobierno y profundizar la movilización hasta conseguir su caída.

Pero existe una contradicción institucional que resulta difícil de ignorar.

Milei fue elegido presidente en 2023 para un mandato de cuatro años. Y en octubre de 2027 habrá elecciones presidenciales.

Por eso, si el objetivo es disputar el poder democráticamente, la pregunta es sencilla: ¿por qué debería caer un gobierno elegido constitucionalmente si existe una instancia electoral prevista para reemplazarlo?

Una cosa es sostener que determinadas políticas deben ser modificadas, cuestionar una gestión o reclamar la renuncia de un funcionario.

Otra es plantear como objetivo político la caída de un gobierno elegido en las urnas.

La diferencia no es menor.

La propia democracia establece el mecanismo para resolver esa disputa: elecciones.

Y justamente allí aparece una oportunidad para Bregman si pretende ampliar su electorado: demostrar que su proyecto puede derrotar electoralmente al oficialismo, no solamente confrontarlo en la calle.

 

El verdadero desafío

 

La hipótesis de Courel tiene valor porque obliga a mirar un fenómeno que hasta hace poco parecía marginal.

Bregman tiene reconocimiento, identidad política, visibilidad nacional y una base electoral propia. Además, algunas mediciones muestran que su imagen positiva excede ampliamente el porcentaje que históricamente obtuvo la izquierda en las urnas.

Eso significa que existe un electorado potencial que todavía no sabemos si Bregman puede convertir en votos.

Pero entre ese potencial y la Casa Rosada hay un camino muy largo.

Necesitaría ampliar su electorado mucho más allá de la izquierda tradicional, convertir imagen en intención de voto, construir una estructura nacional, ofrecer respuestas concretas a los problemas cotidianos y convencer a sectores que no necesariamente comparten su visión económica y política de que puede administrar el país.

Y, sobre todo, debería atravesar una elección presidencial que probablemente tenga varios polos.

Por eso la hipótesis más interesante quizás no sea todavía si Bregman puede ganar.

La pregunta anterior es otra:

¿Cuántos votos puede sacar Bregman y de dónde van a salir?

Si esos votos provienen principalmente de sectores históricamente vinculados a la izquierda, el fenómeno tendrá una dimensión.

Si logra capturar una porción relevante del voto peronista, progresista e independiente desencantado, la historia será otra.

Y si además el peronismo llega dividido entre el kirchnerismo y el proyecto nacional de Kicillof, esos pocos puntos podrían adquirir una importancia electoral mucho mayor que la que sugieren en apariencia.

Por ahora, Bregman no es una presidenta en potencia demostrada por los números. Es, más precisamente, una variable que dejó de ser anecdótica.

Y eso, en una elección todavía lejana, ya es bastante.

Publicado el: 2026-09-23