
Al igual que María Eugenia Vidal, aquella dirigente porteña nacida y criada en Flores que supo construir poder en la provincia más compleja del país, Axel Kicillof entendió algo clave de la política argentina: las batallas importantes no siempre se ganan con ruido, sino con constancia. Mientras el foco mediático estaba en otro lado, el gobernador recorría en silencio una Buenos Aires tan diversa como contradictoria, donde conviven el campo más productivo con un conurbano atravesado por urgencias estructurales.
Vidal parecía invencible en 2019. Con Mauricio Macri todavía competitivo a nivel nacional, su figura proyectaba continuidad. Sin embargo, Kicillof —por entonces subestimado— construyó una campaña territorial, paciente, y terminó ganando sin discusión. No fue casualidad: leyó el humor social antes que muchos.
Algo similar ocurrió en 2023. Con el peronismo golpeado, fragmentado y con un clima social adverso, pocos imaginaban que ese “rubro de ojos claros”, cuestionado por la inseguridad, por la crisis policial y por una gestión bajo presión constante, pudiera imponerse con claridad en la provincia. Pero lo hizo. Y no sólo ganó: ordenó, dentro de lo posible, un escenario caótico.
Sin embargo, su historia reciente también es la de una emancipación. El hijo político de Cristina Fernández de Kirchner decidió cortar, al menos parcialmente, el cordón umbilical. No perdonó la intromisión de La Cámpora en su gestión, simbolizada en la figura de Martín Insaurralde, a quien terminó eyectando en medio de un escándalo. En un país donde la corrupción suele ser un estigma difícil de despegar, a Kicillof podrán criticarle muchas cosas, pero no haber metido la mano en la lata.
La decisión de desdoblar las elecciones fue, en ese sentido, una jugada audaz. Buscó mostrar músculo propio y lo logró en parte: resistió la avanzada libertaria en su territorio. Pero también expuso los límites de un peronismo dividido. Cristina, con su instinto político intacto, advirtió que una victoria parcial podía generar una reacción en sentido contrario. Y no se equivocó: sin cohesión ni aparato territorial unificado, el escenario nacional terminó favoreciendo a figuras como Diego Santilli, mientras La Libertad Avanza capitalizaba el descontento en amplios sectores del país.
Hoy el tablero vuelve a moverse. Una economía que no logra mejorar la vida cotidiana y errores no forzados del gobierno nacional reabren el juego político. En ese contexto, según mediciones como las de Atlas Intel, Kicillof aparece con niveles de imagen similares al presidente, pero con menor rechazo. No es un dato menor en una Argentina donde la grieta sigue ordenando emociones.
Los desafíos, sin embargo, son evidentes. Su perfil ideológico, a veces percibido como rígido, genera resistencia en el interior del país. Su gestión, que ya mostraba dificultades con recursos, enfrenta ahora un escenario aún más restrictivo. Y el peronismo, históricamente pragmático, deberá decidir si se adapta o queda preso de sus propias tensiones internas.
Kicillof lo dijo alguna vez: hay que animarse a tocar nuevas canciones. Pero en la práctica, su melodía tiene algo conocido. Es una reinterpretación de esa vieja “zamba de la esperanza” que en distintos momentos encarnaron otros liderazgos. Como Javier Milei hoy, pero desde el otro lado del espectro, Axel busca representar a quienes sienten que quedaron afuera: los que perdieron el trabajo, los que ya no llegan con uno solo, los que ven cómo el esfuerzo no alcanza.
El peronismo, con este economista formado en la UBA, parece intentar reencontrar una épica. Si será suficiente para construir una alternativa sólida, todavía es una incógnita. Pero en una Argentina pendular, donde los ciclos se acortan y las certezas duran poco, lo único seguro es que nadie está definitivamente fuera de juego.
Kicillof canta su zamba. Y aunque la letra suene conocida, el contexto la vuelve, otra vez, actual.