Axel se prepara para la batalla final contra Cristina

Axel se prepara para la batalla final contra Cristina

Axel se prepara para la batalla final contra Cristina
Por: Pablo López


La interna del peronismo entró en una fase decisiva. Lo que durante años fue una tensión subterránea entre liderazgo histórico y renovación generacional, hoy empieza a tomar forma de disputa abierta. De un lado, Axel Kicillof; del otro, Cristina Fernández de Kirchner. Ya no hay tutelaje posible: hay una batalla por el futuro del espacio.

El reciente paso de Kicillof por una cumbre progresista en España lo posicionó como algo más que un dirigente local. Fue presentado como una figura emergente del progresismo latinoamericano, una referencia de centroizquierda con volumen propio. Sin embargo, mientras afuera cosechaba reconocimiento, puertas adentro del peronismo recibía críticas en off de sectores alineados con el PJ nacional que responde a Cristina. La señal es clara: el crecimiento de Axel ya incomoda.

De hijo político a rival

Durante años, Cristina fue la mentora indiscutida de Kicillof. Su “madre política”, la dirigente que lo proyectó desde el Ministerio de Economía hasta la gobernación bonaerense. Pero ese vínculo parece haber entrado en un punto de no retorno. Hoy, la relación se redefine: ella ya no lo quiere como hijo político, y él ya no acepta el rol de tutelado.

El episodio simbólico que expuso esta ruptura fue el reproche de la militancia digital por no mostrarse con consignas como “Cristina libre”, a diferencia de gestos que sí tuvieron otros líderes internacionales. El mensaje implícito es disciplinador: para pertenecer, hay que alinearse. Pero Kicillof eligió otra cosa: correrse de esa lógica.

Y ahí empieza el conflicto de fondo. Axel busca construir liderazgo propio, mientras el cristinismo pretende sostener la centralidad estratégica desde San José 1111. Dos modelos que chocan inevitablemente.

La historia que pesa

El problema para Cristina no solo es que está presa en su casa y la esperan más causas, es que su conducción arrastra antecedentes que generan desconfianza dentro del propio peronismo. En 2015, impulsó la candidatura de Daniel Scioli mientras sectores de La Cámpora jugaban una interna que debilitó esa misma candidatura. Más tarde, eligió a Alberto Fernández como presidente, para luego someterlo a un desgaste constante desde adentro.

El patrón se repite: decisiones estratégicas que terminan erosionadas por la propia estructura que las impulsa. Siempre bajo el argumento de la coherencia ideológica, pero con un trasfondo evidente de disputa por el poder, la “lapicera” y el control de las listas.

Incluso hoy, el armado político muestra alianzas que hace poco parecían impensadas. Dirigentes como Miguel Ángel Pichetto, candidato a vice de Macri en 2019, o Guillermo Moreno vuelven a gravitar en un esquema que busca limitar el crecimiento de Kicillof. La lógica es clara: contener, condicionar o desgastar a quien amenaza con romper el esquema de conducción vertical.

Axel, entre la presión y la construcción propia

En este contexto, Kicillof empieza a mostrar señales de autonomía. Ya no es solo el gobernador que administra la provincia más grande del país: es una figura política con proyección nacional, con niveles de imagen que —incluso dentro del peronismo— lo posicionan como el dirigente mejor valorado.

Esa construcción no es heredada, es propia. Y ahí radica uno de los puntos de mayor fricción. Porque en un espacio político acostumbrado a liderazgos centralizados, la emergencia de una figura autónoma no se celebra: se cuestiona.

Mientras tanto, el ecosistema mediático también refleja la interna. Periodistas cercanos a la pauta provincial defienden la gestión de Axel, mientras que voces alineadas con el kirchnerismo duro lo critican con dureza. La grieta ya no es solo externa: es intraperonista.

Intendentes, hartazgo y poder territorial

Otro actor clave en esta disputa son los intendentes. Con peso propio en sus distritos, muchos empiezan a mostrar señales de cansancio frente a las decisiones centralizadas. La conducción de Cristina, que durante años ordenó sin resistencia, hoy enfrenta cuestionamientos silenciosos pero persistentes.

Kicillof, en cambio, aparece como una figura más cercana a ese entramado territorial. No depende exclusivamente de la estructura kirchnerista, y eso le da margen para construir alianzas propias.

¿Unidad o ruptura?

El dilema del peronismo es evidente: necesita unidad para ser competitivo, pero no logra resolver su interna sin conflicto. En ese marco, las PASO aparecen como una posible herramienta ordenadora. No es casual que el Gobierno nacional impulse su eliminación: un peronismo que compita internamente y luego sume podría convertirse en una amenaza electoral real.

Kicillof parece entender ese escenario. Por eso avanza sin romper del todo, pero sin someterse. Sabe que el respaldo de Cristina puede ser un activo… pero también un condicionamiento que limite su crecimiento.

El salvavidas de plomo

La gran pregunta es si Axel logrará consolidarse sin quedar atrapado en la lógica de su propia fuerza política. Porque la historia reciente muestra que el respaldo de Cristina muchas veces termina siendo un “salvavidas de plomo”: sostiene en el corto plazo, pero condiciona en el largo.

Hoy, el gobernador bonaerense parece decidido a cambiar esa ecuación. Construir poder propio, disputar liderazgo y, si es necesario, enfrentar a quien lo llevó hasta ahí.

La batalla final no empezó formalmente, pero ya se está jugando. Y esta vez, Axel Kicillof no parece dispuesto a ser una pieza más en el tablero de nadie.

 

Publicado el: 2026-04-20