Axel “la gran esperanza blanca” del peronismo

Axel “la gran esperanza blanca” del peronismo

Axel “la gran esperanza blanca” del peronismo
Por: Pablo López


Durante años, la categoría de los pesos pesados fue el corazón del boxeo mundial. En ese ring simbólico, dominado por campeones afroamericanos, buena parte de la sociedad estadounidense proyectaba sus expectativas en cada nuevo retador blanco: la famosa “gran esperanza blanca”. El cine capturó esa tensión de forma magistral en Rocky, donde Rocky Balboa —interpretado por Sylvester Stallone— encarna al improbable desafiante que busca destronar al campeón Apollo Creed.

Esa metáfora, forzada pero potente, sirve para entender el momento actual del peronismo. Después del paso de Sergio Massa por Economía, la presidencia deslucida de Alberto Fernández y el desgaste acumulado de Cristina Fernández de Kirchner, el movimiento parecía entrar en un ocaso difícil de revertir. Para muchos, incluso dentro del propio sistema político, era el final de un ciclo histórico.

Sin embargo, la política argentina rara vez respeta los finales escritos de antemano. Y mucho menos cuando del otro lado aparece un gobierno que, como el de Javier Milei, combina audacia con errores no forzados. En apenas dos años, el experimento libertario empezó a mostrar fisuras: impacto social del ajuste, caída de sectores productivos y una creciente fatiga en amplias capas de la sociedad.

En ese contexto, Cristina Fernández de Kirchner intentó recuperar centralidad desde su reclusión política, con sus ya clásicos “che Milei”. Pero sus intervenciones, más pedagógicas que políticas, no lograron romper el techo de su propio núcleo duro. La militancia más fiel —La Cámpora y aliados como los 4 o 5 tipos que orbitan los partidos de centro izquierda como Nuevo Encuentro o el Partido Solidario— celebraba. El resto, en cambio, desconectaba.

Mientras tanto, en la trinchera más compleja del país, la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof jugaba otro partido. Con recursos escasos y presión constante de la Nación, optó por una estrategia menos estridente: gestión, construcción territorial y un discurso que, sin abandonar su identidad, busca ampliar. No tiene la oratoria filosa de Cristina ni su magnetismo, pero ofrece algo que hoy cotiza alto: previsibilidad relativa y menor nivel de rechazo.

Ahí empieza a construirse su condición de “gran esperanza blanca” del peronismo. No por su estética, sino por su función: la de un emergente capaz de absorber el voto kirchnerista sin quedar atrapado en sus límites históricos, y al mismo tiempo tender puentes hacia sectores medios desencantados. Un equilibrio delicado, pero electoralmente atractivo.

Sus enemigos,  los camporistas saben que si le plantan una interna, algo que no se animaron con Scioli en 2015, Kicillof no va a consensuar una lista legislativa con sus rivales, porque los intendentes esta vez le van a pedir que ponga las cosas en su lugar y tener poder de decisión, hartos de los llamaditos de Wado de Pedro y Tignanelli para pedir lugares para los “compañeros” en nombre de la madre y el hijo, Cristina y Máximo.

En paralelo, empieza a insinuarse una hipótesis más incómoda: una convergencia táctica, no explícita, entre Kicillof y Mauricio Macri. No una alianza formal, sino una coincidencia estratégica: ambos necesitan despejar a sus competidores internos. Para Axel, figuras como Massa —golpeado por las investigaciones en torno a las SIRA que mencionó Carlos Pagni— o el propio kirchnerismo duro. Para Macri, la disputa por el liderazgo de la derecha frente al avance libertario.

En ese tablero, el peronismo vuelve a tener una carta competitiva. No necesariamente ganadora, pero sí viable. Kicillof avanza como un Quijote moderno, enfrentando molinos internos y externos, en una sociedad fragmentada: una parte harta del ajuste, otra agotada del kirchnerismo.

La incógnita es si esa “esperanza blanca” logra algo más que llegar a la pelea. Porque la historia del boxeo —y de la política argentina— está llena de promesas que entusiasmaron en la previa y no resistieron el combate real.

Por ahora, Axel construye. Suma volumen, ordena, incomoda. Y, casi sin proponérselo, se convierte en lo que el peronismo no tenía: una expectativa. Falta saber si será suficiente para romper otra maldición no escrita: la de los gobernadores bonaerenses que nunca logran cruzar la General Paz con votos propios y sentarse en el sillón de Casa Rosada.

 

 

Publicado el: 2026-04-23