
Un 11. En volumen 11, como mandan los recitales de rock
—«Abrí los comentarios, John Lennon», dispara un Calamaro siempre dispuesto a trabar con los dos pies.
Leo la frase mientras scrolleo por las redes sociales, en respuesta a un posteo de Santiago Cúneo, pregonero de Topolino, que parece creer que su vehemencia, sus aires de vigilante y su tono acusador lo habilitan a señalar a quien le convenga, según la agenda que quiera llevar adelante.
Un personaje de incontables orígenes políticos, candidato de cualquier fuerza que le haya ofrecido un cargo, a quien esta semana vi en afiches inmensos en la vía pública, posicionándose como un leal a la causa peronista y poniéndose a la altura de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT al momento de su cobarde asesinato. Todo esto, además de resultar completamente fuera de timing, de táctica y de cualquier estrategia oportuna para los trágicos años setenta.
Andrés Calamaro, además de ser un magnífico artista popular con cincuenta años de carrera, maneja una clase de cinismo y humor ácido digna de su formación intelectual.
El Salmón, el cantante, Andrelo, el Bohemio o Diego Armando Canciones siempre fue contra la corriente. Siempre nos movió el piso.
Buscando los motivos de las declaraciones del vociferador serial, me entero de que Calamaro se había pronunciado en contra de la agenda propalestina, alegando que es una manera de atentar contra el Occidente cosmopolita y judeocristiano.
Acá, en lo personal, el cronista —porque esto será una crónica en los próximos párrafos— dará su opinión: ¿puedo estar en contra del Estado asesino, sionista e imperialista de Israel sin ser necesariamente un fervoroso defensor de la causa palestina? ¿Hace falta subirnos a cualquier bondi?
El progresismo nos ha herido en los últimos quince años.
«Qué suerte que el mundo queda tan lejos», decía Susanita en las tiras de la inolvidable Mafalda.
Andrelo se interpela y nos interpela. Te provoca, te busca. Recuerdo un recital en 2010 en el que, antes de cantar «Media Verónica», explicaba que esta expresión era un movimiento de las artes taurinas y que no hablaba de ninguna persona en particular… y mucho menos de media persona. Andrés es así. Andrés es auténtico. No es peronista, pero lo comprende diez veces más que cualquiera que te venga con el peronómetro.
En esta ocasión entro a un Movistar —¿se seguirá llamando así en el futuro cercano?— donde no entra un alfiler. Un público heterogéneo, muy porteño, claro, aunque también se escuchan tonadas del interior del país.
No soy fan del recinto. Vengo de otro tiempo. Levanto la cabeza para recorrer el ambiente. Me gusta mirar a la gente, disfruto el contexto, me meto en la historia de cada uno. Hasta que veo a un muchacho comiendo unos nachos con cheddar y sacándose una foto haciendo caritas mientras el artista deja la carne en la arena. Eso me irrita bastante.
No puedo ser objetivo con Andrés, lo reconozco. Pero el tipo te está tirando la banda sonora de tu vida y vos estás preocupado por si subió bien la foto a Instagram. Sonrisa, pose y otra vez a bajar la cabeza, mirando la pantalla, mientras te canta «Jugar con fuego», un tango compuesto nada más y nada menos que con Mariano Mores.
A Fito lo abucheó un público similar hace menos de un año por tener el desenfado de presentar una obra nueva.
Me meto de nuevo en el partido. En el tendido, el público arde, se quema. El Salmón metió una lista salvaje: un tiro al pecho tras otro, una estocada tras otra, una lanza en el costado que te desangra, te moviliza y te lleva de vuelta a tu adolescencia, a los auriculares compartidos en el colectivo con tu chica, a una ruta, un amanecer, un beso, las pérdidas y las batallas más duras.
«El que no salta es un inglés» suena, aunque casi tibio, diría yo. Pero Andrés responde pidiendo que no sean frívolos con el patriotismo.
Yo entiendo que, de alguna manera, le está contestando a Cúneo, a quien no sé por qué le dijo John Lennon, ya que no pudo responderle a través de las redes.
Algunos se enojan, otros putean, otros se ríen. Porque, como ya dijimos, es un público muy heterodoxo. El Cantante nos contiene a todos. Y cuando, a la salida, alguno comienza a cantar que «el que no salta votó a Milei», se escuchan murmullos: «No vuelven más» y «estos kukas son una lacra».
La realidad de estos días.
Hay algo que sí tengo que rescatar: en el campo casi no se ven celulares. La gente canta de una manera que no había vivido en los shows del gaucho errante a los que asistí. Se canta desde las tripas.
Y encima está el loco, que parece haberse dado cuenta de que el tiempo es muy poco y no te canta nunca una canción de la misma manera. Siempre frasea distinto, como un Polaco Goyeneche del rock. O, creo yo, como Bob Dylan, a quien tanto admira y admiramos, que desarma las canciones en cada presentación, como pedazos rotos de un espejo interior que nunca reflejan lo mismo. Mucho menos desde el lugar en que se mira y desde los ojos de quien sea que lo mire.
Tengo que repetirlo: la lista rozó la perfección. Un hit tras otro, pasando por todas sus etapas y épocas.
Andrés remata la faena tras el tercer aviso —perdón por el cliché, algún día tenía que usarlo—. Llega «Paloma»: un grito a la desolación, a la resignación, pero bien vista, una canción sin estribillo, una hemorragia honesta y brutal, una epifanía que te ayuda a cruzar el túnel.
Luego llega el epílogo con «Crímenes perfectos», que para mi ayer alcanzó el cenit de la interpretación en vivo de las decenas de veces que vi a Calamaro. Por primera vez, disfruté esta versión más que la original, incluida en el perfecto disco Alta suciedad.
Y, por último, llega «Sin documentos»… Me deja sin palabras. Me deja arriba, soñando con el próximo show. Me deja pensando en qué gran banda fueron Los Rodríguez.
Me deja pensando:
¿Cuándo habrá una gira con Los Rodríguez?
No amamos lo suficiente a Andrelo. Siempre versionando, siempre tirando algún arreglo mágico que ejecuta una banda ajustadisima, comandada por el genial Germán Wiedemer; dos excelsos guitarristas, Brian Figueroa y Julián Kanevsky; El bajista, Mariano Domínguez, es sencillamente fuera de serie y el baterista Andrés Litwin, que considero que han sumado muchísimo a la banda —y qué importante es tener uno bueno en las baquetas—; dicen que tu banda es tan buena como tu baterista. Gran acierto, la incorporación de los vientos este año. Los arreglos ejecutados por Pablo Fortuna son exquisitos.
Un 11.
En volumen 11, como mandan los recitales de rock.